Archive for enero, 2015


bizco

Un artículo de Eugenio Sánchez Arrate

Los terapeutas no estamos resueltos, no estamos curados. Pero la gente cree que si.

Eso quiere decir que como profesionales de la terapia en sus distintas ramas, siempre estamos en proceso de crecimiento, de avance y de resolución de nuestros propios conflictos interiores. Nadie está resuelto ni curado… pues si lo estuviera, ya estaría iluminado y, sinceramente, iluminados he conocido muy pocos (de hecho, no estoy seguro de que esas personas supuestamente iluminadas que conocí, lo estuvieran).

Como eres terapeuta y sabes bastante de éstas cosas del crecimiento personal, la terapia, los trastornos y demás, los pacientes, los conocidos, incluso los amigos, tienden a idealizarte y a creer que tu eres una especie de ser superior, un hombre sabio invulnerable a los problemas de la vida, alguien con capacidad para distanciarse y vivir con equilibrio y desapego las dificultades y sube y bajas de la existencia.

Ese tipo de personas no existen, pero la gente piensa que si.

La pura verdad es que eres humano, como cualquiera, tienes corazón y te rompes por dentro. En mi caso particular con intensidad, porque soy emocional y no puedo (ni quiero) evitarlo. Me recompongo rápido, me sitúo, me centro y sigo adelante tras una sacudida.

Pero, como persona que soy, también lloro, sufro, rabio, me enfado y me pongo triste o me desestabilizo como cualquiera.

Vale, lo admito, si acaso, puede que recuperes la estabilidad un poco antes que otras personas o que consigas manejar tus circunstancias de otra manera más centrada y saludable.

Pero el crecimiento personal, el trabajo interior, es un camino de vida (acaso de muchas vidas) y siempre aparecen en tu sendero circunstancias que te zarandean y te dan la vuelta por dentro, haciéndote conectar con tu vulnerabilidad como ser humano, tu fragilidad y tus emociones y miedos más profundos.

Pierdes a alguien, te enamoras, tu vida sufre un revés, cambias de trabajo, abandonas un viejo modo de vivir y todo se desestabiliza y te toca trabajar contigo mismo, curar tus heridas, recomponerte y seguir viviendo.

Ante circunstancias así de duras o cambios radicales bruscos, los terapeutas no estamos exentos de pasarlas canutas, como le pasa a cualquiera.

Este que aquí les escribe, de hecho, las pasa bastante putas de vez en cuando… para qué vamos a engañarnos.

A veces me sorprendo cayendo en circunstancias que hubiera tenido que ver venir en distancia, pero uno no es perfecto y tiene que apechugar, perdonarse, seguir adelante.

Sin embargo, ellos y ellas, amigos, pacientes, clientes, conocidos, te idealizan inevitablemente y, cuando el ideal se les cae, porque te pusieron indebidamente en un altar y ya pensaban que eras algo así como San Martín de Porres encarnado, esa idealización de los demás se transforma en ira, en rabia o decepción porque tu no has sido la tabla de salvación que todos ansían que seas, tu no has colmado sus expectativas, no les has curado, salvado de sí mismos, ni llevado al Nirvana.

Pero es que esa no era tu misión… y ellos y ellas no lo entienden, no se dan cuenta.

Al proceso de idealización de una persona le sigue siempre, sobre todo si se la ha puesto en las nubes, el proceso de denostación y derribo… y entonces te conviertes en una especie de falso profeta, de ser fraudulento, de persona vulgar que prometía cosas que no ha cumplido.

Cuando tu ni prometiste nada ni los demás te estaban escuchando o viendo tal y como eres de verdad.

Hay una máxima que hemos de recordar: No vemos a las personas tal y como son, los vemos como queremos verlos.

En realidad ellos y ellas lo hicieron todo, proyectaron sobre ti carencias y necesidades, te idealizaron, te colgaron etiquetas, pusieron tremendas expectativas sobre tu persona, te revistieron de un aura mística de sabiduría y ahora, cuando no has cumplido esas inmensas e irreales expectativas, te cubren de caca porque se sienten decepcionados y no les has salvado de si mismos ni llevado al cielo estrellado.

De alguna manera, tras ésta actitud hacia ti de idealización primera y denostación posterior, puede deducirse que ellos esperaban que tu les salvaras de sí mismos, que tu les agarraras de la mano y les llevaras como a niños pequeños por el sendero de la salud y la sabiduría.

Esta actitud es bastante infantil y resulta muy frecuente en terapia pero también en la vida.

Conocemos a una nueva pareja y al principio es divina y maravillosa… y a los pocos meses o los muchos años ya la hemos convertido en una boñiga verdulera de la que solo sabemos echar pestes.

Ni era tan divina al principio ni tan espantosa al final, sencillamente, es humana.

Pero cuando tu, terapeuta, que eres humano y puede que sepas más que otras personas sobre algunos temas vitales, pero que sobre todo eres tan ignorante y novato en muchos otros como cualquiera, resultas idealizado por alguien, prepárate para el castañazo, porque vendrán los palos de manera inmediata.

En terapia o en la vida solo eres un acompañante, alguien que camina al lado de los demás mientras ellos recorren su propio camino. Porque para cada cual el camino es propio, nuestro e intransferible.

Lo repetiré mil veces. Todos somos imperfectos. (Yo lo soy mucho y me toca apechugar con ello).

Así que queredme imperfecto y quered imperfectos a los demás. Si no te idealizan, no tendrán luego que cortarte la cabeza. Si no colocamos en un altar al otro, no tendremos después que lanzarle tomates y verduras podridas por no haber estado a la altura.

Queréos imperfectos, y así también podréis querer imperfectos a los demás.

Esta es una entrada compartida con mi otro blog, el Guasinton Post: http://psicotaipan.tumblr.com/

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Juzgar

Un artículo de Eugenio Sánchez Arrate.

Es una de las grandes frases de la Espiritualidad con la que maestros, terapeutas y practicantes se regodean en un intento de conectarse con el Amor Universal, la Compasión y el Todos Somos Uno.

A menudo repiten no juzgues (lo cual, ya es en sí mismo un juicio, un debería).

La frase: No juzgues a nadie solo porque peca de forma diferente que tu...  es otro juicio porque da por sentado que tu pecas de alguna manera y por defecto, sin saber muy bien cual, pero que protege (o eso cree ella/él, de ser juzgado).

Vamos, que es como esparcir el ventilador y dejar que la porquería salpique por todas partes y a todo el mundo sin demasiado criterio, a ver si cuela. No juzgues porque tu también pecas, es asumir o dar por sentado que todos estamos cubiertos de la misma porquería. Algo que no es cierto y que se cae por su propio peso. Todo el mundo se equivoca y comete errores, todo el mundo acumula dentro de sí un cierto grado de mezquindad… pero en ésto, como en todo, hay grados.

El caso es que el ser humano no puede estar mucho tiempo sin juzgar, porque el juicio es la capacidad de discriminación de la persona ante el universo que le rodea y se dispara de forma automática cada vez que hacemos una elección en nuestra vida.

¿Me muevo o me quedo quieto? Mi mente juzga la mejor opción para mi en cada momento, discrimina y elige.

Juzgar es elegir… es discriminar, esto me gusta, ésto no me gusta, ésto lo quiero, ésto no lo quiero.

Juzgo conveniente comerme éste plato de comida y no éste otro. Juzgo conveniente ponerme éstos pantalones y no ponerme éstos otros que me sientan peor.

Si no juzgáramos, todo nos agradaría, todo nos parecería bien. Comer veneno, atravesarnos el pecho con un cuchillo, sacar un ojo a nuestro mejor amigo. Todo vale, todo está bien. Hemos suprimido el juicio y sin juicio… matar a tu mujer es perfectamente factible, abandonar a alguien que sufre, mirar hacia otro lado ante una crueldad o un acto deplorable que sucede frente a nuestros ojos…

En altos grados de espiritualidad, muy conectados con la No Dualidad, el Advaita y similares, ésto es un concepto poderoso… pero también peligroso. ¿Nos quedaremos cruzados de brazos sin hacer nada por intervenir ante una injusticia?

¿Os dáis cuenta del horror de ésta postura? Buscamos trascender la Dualidad negándola… no aceptándola ni asumiéndola como una parte constitutiva del mundo en que vivimos.

El juicio tiene una función reguladora muy saludable… y a menudo lo olvidamos.

Juzgar es tener opinión acerca de las cosas y de la gente. Juzgar es a veces también expresar esa opinión con libertad, sin miedo a lo que opinen los otros.  Juzgar es saber decir no, es poner límites ante personas y situaciones poco saludables.

En el entorno espiritual y terapeútico no juzguéis es una de las coletillas más recurrentes que se esgrimen para defender ciertas posiciones de laissez-faire y de no mojarse, de no dar la cara, no implicarse y no poner límites a nada ni nadie.

Con el no juzguéis o no me juzguéis a veces suelo estar encubriendo que todo lo feo o desagradable que hay en mi no me gusta que me lo enseñen y no lo quiero aceptar.

Que no acepto los límites y que no quiero que nadie me devuelva nada feo de mi comportamiento o actitud.

Una postura cobarde e infantil bastante extendida en entornos de crecimiento personal.

No me juzgues… suele encubrir también el miedo a ser evaluado y a que de esa evaluación no vamos a salir demasiado bien parados.

Cuando tenemos temas feos personales que esconder, es evidente que no nos gusta que nos juzguen. Cuando tememos el rechazo de los otros, tampoco nos gusta ser evaluados.

Y cuando nuestro sistema de valores y ética es deficiente o tiene severas fallas (relacionadas con la falta de límites, de respeto a los otros y de integridad personal) , el que no me juzguen puede convertirse en una pura cuestión de supervivencia y protección, pues yo no sabría donde meterme si me mostraran la realidad del ser de escasos valores que soy, la persona en que, por el camino de todo vale, me he convertido.

Y por desgracia, vivimos en una sociedad en la que la ética y los valores necesitan ser recuperados en todos los ámbitos de la sociedad y dentro de muchas personas. Sin confundir valores con ese moralismo religioso que tan a menudo se esgrime desde ciertas posiciones de espiritualidad oficilista en las diversas iglesias constituidas.

Pero lo cierto, también, es que si aprendiéramos a relativizar las cosas, la opinión de los demás, sus juicios (que pueden ser errados), dejarían de importarnos. De éste modo, que nos juzgaran o juzgaran a otros nos importaría también un rábano.

Porque, por el camino de no juzgar, de ser budas encarnados y de querer ser tan buenos que hasta el pis nos huela a flores… al final nos castramos, y reprimimos el derecho a tener una opinión sobre las cosas que no nos gustan, nos ponen tristes, nos enfadan o indignan. Por el camino de no juzgar, nos las cuelan dobladas, como decía mi abuela y no nos concedemos el derecho a enfadarnos y a responder a un abuso o agresión.

El derecho a discriminar, a poner límites, a decir que no cuando nos hacen daño, a defenderse cuando nos agreden o cuando algo que los demás están haciendo nos molesta mucho, es inalienable al ser humano y debería ser ejercido con más frecuencia.

Por el camino de no juzgar también nos autolimitamos, cortamos de raíz el derecho a decir la verdad que llevamos dentro, sobre todo cuando implica decir lo que opinamos de otras personas.

Por el camino de no juzgar reprimimos el derecho a pararle los pies a alguien que abusa, a frenar a los que se extralimitan, a impedir que nos hagan daño o que hagan daño a otros cuando una acción defensiva debe ser tomada.

En terapia, no juzgar

Un terapeuta, dentro del entorno terapeútico no debe juzgar a su paciente, de hecho, una de las claves de éxito en la terapia es el aprecio incondicional a la persona que el terapeuta tiene delante, con independencia de sus problemas, traumas y naturaleza como individuo.

Pero fuera del contexto de la sesión, es inevitable que, como ser humano que es, el terapeuta juzgue el mundo que ve, e incluso es saludable que lo haga… porque si no su vida se convertiría en un triste coladero en el que todo vale y no se tiene opinión acerca de nada. Todo está bien.

Me meo en los pantalones, y está bien. Mi hijo enferma de una dolencia grave, no juzgo y todo está bien. Me despiden del trabajo y no tenemos dinero para comer y todo está bien. Un hombre intenta hacer daño a mi padre mientras caminamos por la calle y todo está bien…

De hecho, por no juzgar, por no hacer nada, por no opinar, por no implicarnos, no tomar acciones y decisiones directas que implican un juicio, una evaluación de la situación y una postura firme, estamos permitiendo que muera de hambre cerca de un tercio de la población mundial en los países menos favorecidos.

Un antiguo maestro de meditación me dijo una vez: No te angusties, Eugenio, hay mucha confusión en la gente con éste concepto del Juicio… la gente que no juzga, en realidad no se implica en la existencia, no se moja, no interviene en la vida, y en el fondo no vive, está escapando del mundo que está a su alrededor. El secreto es juzgar pero no dejar que los juicios empañen una visión amorosa del Todo. Que tus opiniones no sean extremas, pero que siempre te permitan apartarte de las situaciones y la gente que te dañan. Que te permitan frenar las agresiones, decir la verdad, expresar tus opiniones y defender aquello que crees bueno y eterno.

Después de interiorizar ésta frase durante tiempo, uno puede deducir que no es tan preocupante juzgar, siempre que te des cuenta de para qué lo estás haciendo y siempre que sepas el tipo de juicio que realizas y las consecuencias que eso está teniendo en tu vida.

Si siempre opinas mal del entorno, eso no es bueno para ti, ni para tu entorno. Si siempre opinas bien de tu entorno, probablemente te estás autoengañando y eso tampoco es bueno para ti y para tu entorno.

Por ejemplo, si juzgas para protegerte y proteger a otros, ese juicio puede estar proporcionándote mucho bienestar, pues te evita conflictos y situaciones desagradables con otras personas.

Si tu juicio (tu buen juicio) te aleja de personas tóxicas o dañinas, bienvenido sea siempre.

Juzgar no siempre es reprobable, a veces te salva la vida.

La Falsa Ausencia de Juicio en las personas.

Amor Universal, Todo es Luz, Todo el mundo es Bueno, la vida es maravillosa, el mal no existe…. son también juicios poderosos. A menudo los escucho en la gente y me preocupo.

Juicios power-flower y positivos muy de moda en la mentalidad Nueva Era, en la que no todo es tan saludable como nos quieren vender.

hippie

La mentalidad hippie de que todo es maravilloso, pues, lo siento, pero también es un juicio. Un juicio optimístico e idealizado de las cosas.

Pensar que todo es de color rosa, amoroso y apacible, que toda la gente es buena, que la vida es luminosa y que todo está bien, es juzgar, es tener una opinión sesgada de la realidad tan extrema y polarizada como creer que todo es malo y reprobable y que el mundo es un asco.

Los juicios no son únicamente los negativos y desagradables acerca de las cosas, no son únicamente las críticas ácidas hacia el otro o las circunstancias, también son juicios -y muy extremos- los comentarios positivos (y posiblemente también errados) acerca de las personas, las situaciones y la gente.

De hecho, es curioso, pero solo decimos cuidado, estás juzgando cuando los comentarios acerca de algo o alguien son negativos. Pero no nos damos cuenta de que cuando esos comentarios son positivos, también estamos juzgando… y puede que con la misma falta de objetividad que cuando lo hacemos de manera negativa.

Juzgar es vivir en la polaridad, aceptar el mundo de luces y sombras en el que estamos. Juzgar es a veces acertar y a veces equivocarse… y aceptarlo.

Juzgar que todo está mal, es un error de percepción.

Juzgar que todo está bien, es otro error de percepción.

Suprimir toda opinión acerca del mundo y de la gente es otro error de percepción.

Polarizarse y estar siempre en el juicio negativo no es conveniente.

Polarizarse y estar justo en todo lo contrario, tampoco es demasiado bueno.

Para abandonar la sombra, hay que ir hacia la luz. Para encontrar la luz es bueno explorar la sombra, nuestra sombra.

Y juzgar, me temo que es inevitable para todos los seres humanos, aunque una visión positiva y amorosa de la realidad siempre es saludable y nos ayuda.

Ver la vida y el mundo como un escenario amoroso está bien siempre y cuando no nos estemos autoengañando, algo que suele ser bastante frecuente en los entornos de crecimiento personal y espiritual.

En vez de NO Juzgar, que es un mandato, un debería y una exigencia… , yo prefiero decir, Que tu juicio -que es intrínsecamente inevitable- intente ser lo más saludable posible para todos.

El reto está en conseguirlo.

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