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Un artículo de Eugenio Sánchez Arrate

Los terapeutas no estamos resueltos, no estamos curados. Pero la gente cree que si.

Eso quiere decir que como profesionales de la terapia en sus distintas ramas, siempre estamos en proceso de crecimiento, de avance y de resolución de nuestros propios conflictos interiores. Nadie está resuelto ni curado… pues si lo estuviera, ya estaría iluminado y, sinceramente, iluminados he conocido muy pocos (de hecho, no estoy seguro de que esas personas supuestamente iluminadas que conocí, lo estuvieran).

Como eres terapeuta y sabes bastante de éstas cosas del crecimiento personal, la terapia, los trastornos y demás, los pacientes, los conocidos, incluso los amigos, tienden a idealizarte y a creer que tu eres una especie de ser superior, un hombre sabio invulnerable a los problemas de la vida, alguien con capacidad para distanciarse y vivir con equilibrio y desapego las dificultades y sube y bajas de la existencia.

Ese tipo de personas no existen, pero la gente piensa que si.

La pura verdad es que eres humano, como cualquiera, tienes corazón y te rompes por dentro. En mi caso particular con intensidad, porque soy emocional y no puedo (ni quiero) evitarlo. Me recompongo rápido, me sitúo, me centro y sigo adelante tras una sacudida.

Pero, como persona que soy, también lloro, sufro, rabio, me enfado y me pongo triste o me desestabilizo como cualquiera.

Vale, lo admito, si acaso, puede que recuperes la estabilidad un poco antes que otras personas o que consigas manejar tus circunstancias de otra manera más centrada y saludable.

Pero el crecimiento personal, el trabajo interior, es un camino de vida (acaso de muchas vidas) y siempre aparecen en tu sendero circunstancias que te zarandean y te dan la vuelta por dentro, haciéndote conectar con tu vulnerabilidad como ser humano, tu fragilidad y tus emociones y miedos más profundos.

Pierdes a alguien, te enamoras, tu vida sufre un revés, cambias de trabajo, abandonas un viejo modo de vivir y todo se desestabiliza y te toca trabajar contigo mismo, curar tus heridas, recomponerte y seguir viviendo.

Ante circunstancias así de duras o cambios radicales bruscos, los terapeutas no estamos exentos de pasarlas canutas, como le pasa a cualquiera.

Este que aquí les escribe, de hecho, las pasa bastante putas de vez en cuando… para qué vamos a engañarnos.

A veces me sorprendo cayendo en circunstancias que hubiera tenido que ver venir en distancia, pero uno no es perfecto y tiene que apechugar, perdonarse, seguir adelante.

Sin embargo, ellos y ellas, amigos, pacientes, clientes, conocidos, te idealizan inevitablemente y, cuando el ideal se les cae, porque te pusieron indebidamente en un altar y ya pensaban que eras algo así como San Martín de Porres encarnado, esa idealización de los demás se transforma en ira, en rabia o decepción porque tu no has sido la tabla de salvación que todos ansían que seas, tu no has colmado sus expectativas, no les has curado, salvado de sí mismos, ni llevado al Nirvana.

Pero es que esa no era tu misión… y ellos y ellas no lo entienden, no se dan cuenta.

Al proceso de idealización de una persona le sigue siempre, sobre todo si se la ha puesto en las nubes, el proceso de denostación y derribo… y entonces te conviertes en una especie de falso profeta, de ser fraudulento, de persona vulgar que prometía cosas que no ha cumplido.

Cuando tu ni prometiste nada ni los demás te estaban escuchando o viendo tal y como eres de verdad.

Hay una máxima que hemos de recordar: No vemos a las personas tal y como son, los vemos como queremos verlos.

En realidad ellos y ellas lo hicieron todo, proyectaron sobre ti carencias y necesidades, te idealizaron, te colgaron etiquetas, pusieron tremendas expectativas sobre tu persona, te revistieron de un aura mística de sabiduría y ahora, cuando no has cumplido esas inmensas e irreales expectativas, te cubren de caca porque se sienten decepcionados y no les has salvado de si mismos ni llevado al cielo estrellado.

De alguna manera, tras ésta actitud hacia ti de idealización primera y denostación posterior, puede deducirse que ellos esperaban que tu les salvaras de sí mismos, que tu les agarraras de la mano y les llevaras como a niños pequeños por el sendero de la salud y la sabiduría.

Esta actitud es bastante infantil y resulta muy frecuente en terapia pero también en la vida.

Conocemos a una nueva pareja y al principio es divina y maravillosa… y a los pocos meses o los muchos años ya la hemos convertido en una boñiga verdulera de la que solo sabemos echar pestes.

Ni era tan divina al principio ni tan espantosa al final, sencillamente, es humana.

Pero cuando tu, terapeuta, que eres humano y puede que sepas más que otras personas sobre algunos temas vitales, pero que sobre todo eres tan ignorante y novato en muchos otros como cualquiera, resultas idealizado por alguien, prepárate para el castañazo, porque vendrán los palos de manera inmediata.

En terapia o en la vida solo eres un acompañante, alguien que camina al lado de los demás mientras ellos recorren su propio camino. Porque para cada cual el camino es propio, nuestro e intransferible.

Lo repetiré mil veces. Todos somos imperfectos. (Yo lo soy mucho y me toca apechugar con ello).

Así que queredme imperfecto y quered imperfectos a los demás. Si no te idealizan, no tendrán luego que cortarte la cabeza. Si no colocamos en un altar al otro, no tendremos después que lanzarle tomates y verduras podridas por no haber estado a la altura.

Queréos imperfectos, y así también podréis querer imperfectos a los demás.

Esta es una entrada compartida con mi otro blog, el Guasinton Post: http://psicotaipan.tumblr.com/

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