Archive for mayo, 2015


mujer furiosa

un artículo de Eugenio Sánchez Arrate

 

Escribo éste artículo pensando en personas conocidas más o menos lejanas de mi propia vida.  Algunas de ellas son lo que, hablando en plata, se podría denominar como víboras o bichos.

Todos hemos conocido personas así alguna vez, las tenemos más o menos cerca.

A menudo detectamos que esas personas se tienen en mejor consideración de la que debieran. Otras veces nos damos cuenta de que no se hacen responsables del daño que causan.

Finalmente, si en tu vida detectas que la gente te rehuye, que te terminas quedando un poco solo (cuesta trabajo reconocer ésto) quizá la gente te esté evitando por algo.

Pero aceptarlo puede ser duro.

Y es que todos, por estadística, nos consideramos mucho mejores personas de lo que somos. (Incluidos tu, que estás leyendo éste artículo y yo, que lo estoy escribiendo).

Es una realidad, en general (salvo aquellos que hacen todo lo contrario y se culpan por todo y creen que son personas no merecedoras y se flagelan constantemente por ésto y por aquello, viviendo inmersos en una culpa desproporcionada) todos tendemos a tener una imagen confundida e idealizada de nosotros mismos.

Sorprende mucho, por ejemplo, cuando las personas inician un camino de autoconocimiento vía Eneagrama, y de repente chocan contra sí mismos y descubren las esquinas y oscuridades de su ego. O cuando la gente descubre en terapia que no es tan estupenda como creía y que lleva toda la vida haciéndose daño y haciéndoselo a los demás de las maneras más retorcidas e insospechadas (y casi siempre sin darse cuenta).

Los procesos de decepción son impresionantes. No somos tan maravillosos como pensábamos.

 

NO SOMOS TAN BUENOS

En budismo hay una frase: El camino de la iluminación comienza con decepcionarse con uno mismo.

Decepción, es un buen comienzo, un buen punto de partida para empezar a caminar.

No se trata de culparse, se trata de asumir, de reconocernos, de aceptar, para poder crecer.

Hay montones de personas que no inician un camino de crecimiento personal para no llevarse el disgusto, el soponcio de descubrir que llevan a un pequeño hijo de puta dentro de sí mism@s.

Para no tener que aceptar que somos envidiosos, coléricos, manipuladores, mentirosos, egoístas, caraduras, narcisistas, ególatras, memos… evitamos mirarnos con honestidad en el espejo.

Pero cuando lo hacemos e iniciamos un camino de crecimiento personal honesto y profundo, de repente descubrimos nuestra propia mezquindad, nuestro propio victimismo, nuestra propia manipulación, nuestra propia envidia, avaricia, codicia, soberbia, vanidad, orgullo, pereza, lujuria (no en el sentido bíbilico sino en el sentido de las escuelas sufíes de conocimiento). Y solo aceptando y perdonando podemos trascenderlas y superarlas.

Y solo cuando las perdonemos en nosotros, podremos perdonarlas en los demás.

 

La realidad es que, si fuéramos tan estupendos, tan magníficos, honestos, completos y bienintencionados, no estaríamos inmersos en el proceso de reencarnación, la rueda del samsara que nos domina.

No estaríamos en ésta esfera de manifestación, sufriendo a ratos, viviendo vidas a veces duras, insatisfactorias o llenas de dificultades y pruebas.

Tenemos cierta tendencia a idealizarnos y la ideología Nueva Era no nos ayuda a crecer cuando sostiene esa visión happyflower de la vida en la que nada importa y todo es perfecto.

Que sea perfecto no significa que no tengamos que hacer nada.

Desde ésta visión florida del universo, mucho gurú, terapeuta y chamán de chicha y nabo se permite toda clase de abusos y excesos contra los demás (pues en su torcida forma de ver las cosas, todo está justificado, no hay límites ni respeto por los otros, puedo robarles energía, abusar de mi posición de terapeuta, manipular, aprovecharme, embaucar, enredar, confundir, sacar el dinero, obtener favores sexuales, cualquier cosa, todo vale, todo está bien).

Y unas narices está bien.

Vale que somos seres de Luz, vale que nuestra esencia es amor, vale que en el fondo de nosotros hay un alma inmortal inalterable.

Pero en el aquí y ahora, vivimos en un mundo de sombras y tenemos sombras dentro de nosotros, defectos, oscuridades que hemos de resolver y aclarar para crecer y conseguir dejar de hacernos daño y hacer daño a otros.

Venimos a poner más luz al mundo y también más luz dentro de nosotros mismos. Venimos a dejar caer las máscaras, a adelgazar el ego (no a extinguirlo, porque sin ego -la coraza que nos protege y tantas veces nos limita- en ésta esfera no se puede vivir).

Y para ello, hemos de admitir que a veces no somos tan compasivos como creemos, tan altruistas y amorosos como pensamos, tan buena gente como nos gustaría creer.

Hemos de admitir que nos queda aún un recorrido largo hacia la iluminación, hacia la ascensión y hacia la realización como seres humanos completos.

Además, habréis comprobado que el mundo está fatal y que desde la pasividad no podemos cambiarlo. La pasividad es permisividad y aquiescencia. Es consentir, ocultar la cabeza y mirar hacia otro lado.

Sentados no vamos a mejorar lo que está estropeado.

No hay nadie más dañino que alguien que puede arreglar las cosas, alguien que puede ayudar a cambiar el mundo y se queda de brazos cruzados y no lo hace, o vive su vida en un ombliguismo de autobienestar y convenciones sociales almibaradas, o que huye del mundo y se refugia en un monasterio sin aceptar que lo que sucede es que está socialmente inadaptado y no hace nada por transformar las cosas.

Siguiendo el carril o lo que la familia y la sociedad espera de ti, no necesariamente estarás haciendo tu propio camino.

Yo mismo viví muchos años asi, dormido, anestesiado, viviendo la vida inercial que mi familia y las convenciones me habían impuesto, hasta que me di cuenta de que no podía seguir dándole la espalda a la gente, al universo, a mi propósito en la vida.

Yo había venido a ayudar, a hacer algo por el mundo. Y entonces todo cambió.

 

NO BASTA CON SER BUENA PERSONA

No basta con ser buena persona. Aquí en la Tierra hay mucho trabajo que hacer. Mucha gente a la que ayudar, muchas estructuras sociales que transformar, mucha pobreza, injusticia y desequilibrios que corregir. Muchas guerras que terminar, muchos abusos que impedir. Mucha vida que mejorar. Mucha oscuridad que iluminar y combatir.

Y hay que hacerlo Hoy, Ahora.

No mañana ni en otra vida.

¿A qué esperamos?

¿Cómo haces tú para mejorar el mundo que te rodea? ¿Te escondes en tu cueva doméstica? ¿Te refugias en tu seguridad familiar, en tu casita aislada, en la comodidad de los tuyos… o te entregas al mundo y a lo que has venido a hacer reconociendo tus talentos y poniéndolos al servicio de la vida?

Hombre malo

Si solo orbitas en la esfera de tu familia y allegados, no estás haciendo las cosas bien.

Si mucho de lo que haces está orientado a mantener tu estatus y posición, o a mejorarla, pero nada haces por el resto del mundo, no estás haciendo las cosas bien.

Y si te limitas a vivir una vida convencional de familia y trabajo, pero nada haces por el colectivo, no estás haciendo las cosas bien.

La Fuente, el Uno, La Diosa, El Dios, El Creador no te pide que para estar al SERVICIO hagas cosas que te sean extremadamente penosas o que te cueste muchísimo llevar a cabo, te pide que hagas cosas que ya sabes hacer, cosas que se te dan bien, cosas que son naturales en ti y que te hace feliz poner a disposición de otros.

Hay personas que cocinan estupendamente, otras son buenas escuchando y dando consuelo, otras son capaces de organizar y liderar, otras pueden aportar fuerza física, o ternura, o sensibilidad, o creatividad y arte a la vida de otros… Yo escribo, doy cursos y sesiones de terapia y sanación espiritual… pero otros arreglan averías, curan enfermos, plantan árboles, protegen el entorno, cuidan ancianos, salvan animales, ayudan en zonas de hambre o conflicto, crean empresas para mejorar la vida de la gente…

¿Qué haces tu para mejorar el mundo que te rodea?

Si las capacidades y talentos que el Creador te ha dado, no las estás poniendo en juego para nada, si no ayudas a los desfavorecidos, si no das lo mejor de ti de manera entregada y desprendida, si no estás en el SERVICIO de los demás, no estás haciendo las cosas bien.

Bajaste a hacer de éste lugar, éste mundo tan injusto y desequilibrado, un sitio mejor.

Y cuando descubras como te defiendes, te ocultas, escurres el bulto, te aprovechas de otros, te escondes y proteges, como evitas, como medras, como buscas solo el bien de ti y quizá los tuyos, como te limitas a pagar facturas, marcharte de vacaciones, cuidar de tus hijos o familiares, pero sin cuidar de los demás, de los hijos de los demás, los familiares de los demás, toda esa gente que también se merece respeto, amor, solidaridad y cuidado, descubrirás como no eres tan estupend@ como tu te crees… y si encima un día conectas con el tremendo daño que posiblemente te haces y haces a otros, a menudo sin saberlo y desde la ignorancia (sin maldad), si lo descubres sobre todo durante un profundo y transformador proceso terapéutico, te decepcionarás de ti mismo, lo pasarás fatal y dirás aquello de Yo no puedo ser tan Hij@ Puta.

Pero ¿que pasaría si resulta que si lo eres?

Todos lo somos o lo hemos sido durante un tiempo. Pero no podemos permitirnos seguirlo siendo.

El mundo y la gente nos necesitan.

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Consultas de Registro Akáshico

un artículo de Eugenio Sánchez Arrate

veneno

Hay personas tan acostumbradas a vivir en ambientes tóxicos y envenenados desde su infancia, en vidas insanas, áridas emocionalmente, con poco o ningún amor, e incluso maltrato, que ni saben que su vida es insana y que no les hace ningún bien.

A veces reconocer que nuestros padres nos han maltratado, abandonado o querido poco o nada, es tan duro que uno prefiere seguir engañándose toda la vida.

Estas personas, criadas en ambientes tóxicos repiten patrones y acaban emparejándose con parejas similares a sus progenitores maltratadores o poco afectivos, o con escaso acceso a sus emociones.

Con los años, llegan a pensar que están cómodos ahí, que su vida es ideal y que eso es vivir la vida, un acostumbrarse a la insatisfacción constante.

No se dan permiso para ser felices y no saben que no se lo están dando.

 

ACOSTUMBRARSE A LO QUE NOS DAÑA

Es como haber estado comiendo veneno toda la vida y haberse acostumbrado tanto a é,l que uno ya cree que ese es el sabor de la buena comida.

Y hazte una pregunta, lector, lectora:

¿Si jamás te hubieras comido un buen plato de comida, cómo sabrías que es bueno? ¿Cómo sabes que algo es bueno si no has tenido con qué comparar, si no has podido probar, si siempre has comido la misma bazofia?

Porque mucha gente eso es lo único que ha tenido ocasión de comer, bazofia emocional.

Es así de duro. Y reconocérselo a uno mismo no es fácil.

Perdonar a padres y familiares es una de las más complicadas tareas en la vida de una persona.

 

Posiblemente crees que esos platos que tu te has comido durante años, esos platos que te comes hoy, eran y son buenos, que esas parejas que has tenido y tienes son ideales o suficientes para ti… pero muchas, muchísimas personas jamás se han comido un buen plato emocional de comida, jamás han sido amados de verdad, tratados con verdadero cariño y respeto, jamás han sido cuidados con amor por los otros, sin manipulaciones, sin engaños ni arideces emocionales… y viven engañados, creyendo que eso que ellos viven es algo bueno y les hace realmente felices.

Hay personas que están emparejadas con un cuidador, uno que las protege y se hace cargo de todo y que las trata como si fuera una posesión, un niño o un objeto que no sabe valerse por si mismo.

Algunas parejas se sostienen más por la necesidad, por el miedo a la soledad que por el amor.

Otras personas viven en desiertos emocionales donde los sentimientos y la sensibilidad se evitan o reprimen.

Otras viven en parejas donde las broncas y malas contestaciones, el maltrato verbal es constante.

 

Yo he vivido situaciones de pareja insatisfactorias que me hacían creer que aquello era bueno para mi, eso necesitaba creerme porque el temor a romper y buscar algo mejor, una vida buena para mi, era mayor que mi capacidad para aceptar la verdad.

 

Hay personas que han recibido tan poquito amor que tienen una incapacidad crónica para darlo y recibirlo de otros.

El resultado suele ser maltrato en alguna de sus muchas fórmulas.

De ellos y ellas hacia otros, de los otros hacia ellos y de ellos y ellas hacia sí mismos, con una elevada exigencia, juicios desproporcionados hacia sí mismos y hacia los otros etc…

 

A veces se necesita dar un paso atrás para mirar con distancia la propia vida.

 

Y luego hace falta valor para separarse de aquel/aquella o aquellos que nos dañan.

LA SABIDURÍA DEL CUERPO

A veces solo sentiremos una vaga añoranza interior de que en la vida debe haber otra cosa, algo mejor, distinto, algo que nos haga más felices. Esta señal suele ser bastante recurrente y poderosa, pero los humanos solemos ignorar ésta clase de señales de nuestra alma, que trata de orientarnos al amor y la salud.

Sin embargo tenemos una guía que nunca falla respecto a la toxicidad y ella es nuestro cuerpo.

El cuerpo nunca miente y, si somatizamos y sentimos constantes molestias, dolores y enfermedades, podemos estar seguros de que algo no marcha bien en nuestra vida.

Con toda seguridad nos estamos engañando y tenemos que averiguar respecto a qué.

La respuesta llegará clara a nosotros si nos permitimos escucharla.

leona amor incondicional

un artículo de Eugenio Sánchez Arrate

Es uno de los grandes retos del ser humano desde que el mundo es mundo, sobre todo porque el amor incondicional es escaso en la vida cotidiana y nos cuesta darlo y recibirlo de los demás.

Amor incondicional es amar al otro, incluso cuando el otro no es capaz de amarse a sí mismo.

Quererle incluso cuando él no se quiere. Quererle incluso cuando no nos quiere.

Darle amor incluso cuando no se deja, no nos lo permite o cree no merecerlo y se aparta de nosotros, nos agrede, nos teme, nos juzga, se juzga y se enreda con nosotros en las formas más peregrinas.

Amarlo y amarlo así, sin esperar nada.

Esa es la clase de amor que deberíamos intentar dar al otro, pero no siempre es posible.

A mi, por ejemplo, me cuesta mucho. Soy humano y muchas veces conecto con el enfado, el abandono por parte del otro, o la tristeza.

Y descubro que no soy tan amoroso como quisiera, que no puedo querer tanto como me gustaría.

A veces uno tiene que poner límites para protegerse del maltrato… a veces el abandono, la agresión, o la falta de empatía hacia nosotros por parte del otro es también una forma de maltrato… y uno tiene que poner distancia.

Otras veces cargamos al otro con nuestras excesivas expectativas, esperando que se comporte de ésta o esa manera, que nos quiera así o asá, que sea de éste o ese modo.

Pero incluso cuando el otro no es lo que esperamos, podemos amarle de corazón.

En terapia, la aceptación incondicional del paciente es fundamental, como lo es en la vida. Aceptar a nuestros amigos, a nuestras parejas, a nuestros seres cercanos y lejanos. Aceptarlos en lo que son, quererlos así, sin esperar que sean diferentes, sin esperar que cambien o sean mejores o distintos, o estén más sanos o sean mejores de lo que ya son.

Eso es amor.

Y cuando la relación a su lado se hace insoportable, mejor alejarse, separarse, quererlos de otra manera en la distancia o incluso dejar de quererlos si eso nos daña, porque también hemos de querernos nosotros.

En ningún lugar pone escrito que tengamos que sacrificarnos, inmolarnos o querer muchísimo a todo el mundo durante todo el tiempo a costa de nuestra salud e integridad emocional.

Hay gente que sencillamente no se deja querer, otra que no es capaz de correspondernos… ese es su problema, no el nuestro.

Si después de haberlo intentado, intentado con ganas, no lo conseguimos, separémonos, será lo mejor.

Se que no es fácil… sobre todo porque a veces el que tenemos al lado nos lo pone fatal (sobre todo si nos agrede, ignora o maltrata… o vivimos enganchados en una trama de lealtad ciega, dependencia o agradecimiento que nos puede consumir la vida).

En caso de maltrato o agresión, los límites han de ser muy claros.

Aquí el amor incondicional se suprime, porque también nos debemos amor a nosotros mismos y dejarnos maltratar por los demás no es amarse como uno debería.

Aceptar al otro supone amarlo con todo el pack de defectos e inseguridades, con toda su neurósis o su psicósis.

Quererlo cuando menos se merece que lo quieran.

Quiéreme cuando menos lo merezca, porque es cuando más lo necesito.

Esta frase me encanta y es tan cierta como que hay un cielo y un sol cada mañana.

La persistente manía de querer arreglar al otro

Pero en terapia (y no solo en terapia, sino en la vida) a menudo caemos en el error de pensar que, como psicólogos, terapeutas, sanadores, tenemos que arreglar al otro (como si fuera un juguete estropeado), que tenemos que curarlo o sanarlo o cambiarlo o hacerle algún apaño para que mejore y sea al fin un paciente adecuado y digno de ser dado de alta en consulta, digno de ser amado y aceptado.

Pero no siempre contemplamos que las personas tienen su momento y sus propias dificultades. Que están viviendo un proceso. Que quizá no pueden, no saben, no lo logran o no llegan.

Que están bloqueadas, que no saben hacerlo mejor, incluso que no es su momento para la terapia y quizá nunca lo sea.

Aceptar que no podemos curar a todo el mundo, que no tenemos que curar a nadie, que incluso después de mucho esfuerzo, muchos pacientes no mejoran, o no se dejan ayudar, o abandonan la terapia o no desean seguir, es uno de los retos del terapeuta.

Amar al otro por lo que es, apreciarlo y dejarlo ser, dejarle existir, elegir, equivocarse, tropezar y levantarse… eso son verdaderos actos de amor que muchos terapeutas excesivamente directivos e interventivos, no logran realizar por sus pacientes.

Para ello es fundamental respetar los tiempos de la persona, su momento personal, su capacidad de entrega y su capacidad para confiarse al otro, así como su capacidad para autosanarse y cambiar, si es que deben hacerlo.

Respetar sus decisiones, aunque nos parezcan erradas, respetar su identidad personal, sus gustos, sus querencias, respetarlos aunque no los compartamos, aunque nos duelan, aunque choquen frontalmente con nuestro sistema de creencias o incluso aunque estemos constatando que son errores garrafales… el otro debe aprender por si mismo, no somos quien para inmiscuirnos.

Hay gente que, dada la naturaleza de su patología, no es dueña de si misma a la hora de confiarse al otro, de entregarse.

Hay gente que de momento no puede, gente que tendrá que esperar o que se enfrenta a grandes obstáculos y frenos interiores.

Obcecarse en empujar, en que se esfuercen más, es perder el tiempo y no respetarles, es hacerles incluso daño.

Las cosas deben fluir solas o si no, no funcionarán.

Aceptar al otro como es.

Y, ya de paso, aceptar que no podemos salvar a todo el mundo, porque no somos salvadores de nadie.

Aceptar que no podemos influir en el proceso de las personas, que no curamos a nadie (que la gente se cura sola mientras los acompañamos), que no somos nosotros los que sanamos al paciente, que la sanación sucede (o no), que la gente se sana y cura sola (o no) y que somos meros asistentes al proceso personal de los pacientes, a su propio camino.

Que acaso podemos darles algún mapa de ruta, algún consejo o sugerencia, alguna técnica o destreza que les ayude, e incluso el amor y aceptación que no han recibido en otras partes o por parte de otras personas… pero que la responsabilidad siempre es del propio paciente.

Del mismo modo, nos convendría aceptar que en la vida no hemos venido para cambiar y arreglar a nadie, porque todo está bien, la gente es como es y, de partida, nadie tiene que ser arreglado.

Y, o los queremos tal y como son, o mejor que nos apartemos de su lado.

Y sobre todo amarnos a nosotros mismos y aceptarnos en nuestros errores, atascos, bajezas, mezquindades, meteduras de pata…

Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando aprendemos a ver con amor a una persona imperfecta.

Y a veces esa persona imperfecta, somos nosotros mismos.

pareja encadenada

un artículo de Eugenio Sánchez Arrate

Llamo Canto del Cisne a esos intentos loables pero inútiles de muchas personas de reflotar una pareja cuando ésta no funciona.

Internamente uno sabe, ha sabido siempre, que aquello no es para durar. Por dentro, de alguna forma, una parte de ti se está marchando o no se ha llegado a entregar y comprometer con el otro.

Cuando una relación está muerta, los intentos por reflotarla en plan huida hacia delante son peligrosos.

Cuando nos va mal o no demasiado bien, solemos hacer una serie de cosas que solo servirán para empeorar la situación:

Tenemos un hijo

Hacemos una escapada

Nos vamos de viaje

Nos mudamos de casa

Nos hipotecamos

Nos vamos a vivir juntos

Nos casamos para ver si la cosa mejora

Muchas vivencias juntos, esa lealtad mal entendida que nos hace ser leales a muerte al otro (pero no a la verdad ni a nosotros mismos) prolongan lo inevitable.

A veces nos sentimos poderosamente atraídos por otra persona, a veces queremos escapar… son síntomas de que algo sucede.

Uno puede luchar, engañarse, reenamorarse del otro, apretar los dientes y esforzarse por reavivar un cadáver de pareja ya tocado y más muerto que la abuela del Hombre de Atapuerca.

Pero lo cierto es que no funcionará.

¿Cuánto tardará en acabar de romperse? Puede que unos meses, unos años o, si uno se resiste a la verdad, incluso unas décadas.

Depende de nosotros el prolongar la agonía o la apatía en la que vivimos.

A veces no es que las cosas vayan mal, es que solo van regular, o a rachas o ni fu ni fa.

A veces nos puede la culpa, o la sensación de que le debemos mucho al otro porque siempre estuvo ahí cuando nos hizo falta.

El agradecimiento no es suficiente para prolongar una relación.

A veces, incluso, con nuestra pareja hay un cierto acuerdo y entendimiento… entonces es probable que los intereses comunes mantengan una asociación artificial en la que ya el amor es escaso y solo queda respeto, afecto y respeto por el otro y lo mucho que hizo por nosotros…

Muchas parejas que hay en el mundo se sostienen de éste modo y permanecen unidas toda la vida en una alianza de intereses que por debajo no tiene nada más. Hijos, casa, empresa, proyecto de vida…

Las rachas de bien y mal no son un buen síntoma para una pareja.

Hablan de falta de entendimiento y de un intento debeísta por parte de uno o de ambos miembros (Debeísmo: el deber, el hacer lo correcto, el esforzarse por lo conveniente) de prolongar algo que no funciona.

Las cosas que funcionan son fáciles… incluso cuando hay fricciones, todo fluye y avanza.

Aquí hay una máxima: Si te cuesta mucho esfuerzo, no estás en el buen camino.

Miedo a después.

Como decía Jorge Luis Borges, a veces no nos une el amor sino el espanto.

A veces es tal el miedo a la soledad, la incertidumbre, a no poder vivir solo, a no encontrar a otra persona, a no saber cómo sostenerme en el mundo sin ayuda, al vacío, a la carencia, que uno es capaz de hacer cualquier cosa y vivir con cualquier persona, aguantar cualquier situación antes que afrontarlo.

Tememos abandonar nuestra distancia de seguridad y solemos autoengañarnos con mucha frecuencia.

Y la verdad es que opino que uno y una tienen todo el derecho del mundo a intentar todos los Cantos del Cisne que les de la gana, tener los hijos que quieran, para ver si así resucita la cosa, mudarse o comprarse una casa nueva, hipotecarse, cambiar de país, de hábitos de vida… en fin… que si alguien siente que ha de hacerlo, debe luchar (los caracteres con mayor exigencia aquí lo tienen complicado porque lo harán durante mucho tiempo antes de reconocer la verdad).

Pero existen problemas graves: si tenemos otro hijo y mi pareja y yo no nos amamos, el hijo lo pagará caro. Si no nos separamos cuando debemos hacerlo, el hijo sufrirá de más; y ver a sus padres unidos sin amor durante años será un ejemplo nefasto que, de adulto, le hará repetir relaciones y prolongarlas innecesariamente cuando todo se ha terminado ya.

Nuestro ejemplo en los hijos es importantísimo.

Si un niño ve a sus padres tratarse con frialdad, maltratarse o ignorarse, no será bueno para su vida adulta de pareja. Seguirá patrones inconscientes.

Si nos mudamos, nos hipotecamos, o nos cambiamos de trabajo, las consecuencias serán de tipo más material, pero también lo pagaremos caro si lo hacemos como huída hacia delante.

Pese a todo, insisto, cada cual debe intentarlo como sepa o pueda, porque si uno se va de una relación con culpa, no podrá perdonarse jamás.

Lo que se sobre relaciones que se prolongan innecesariamente

Yo tuve un Canto del Cisne en mi primera relación larga. 15 años en total, de los que sobraron quizá los últimos 6 o 7 de la relación.

Pero en esos últimos 6 o 7, intentando no cometer un error fatal, no perder a la que podía ser la mujer de mi vida, quemar todas mis naves, hacer todo lo posible, me reenamoré de mi pareja, incluso, enamorado de ella (reenamorado más bien), me casé con ella y al año y pico todo volvió a ser lo de siempre. Un constante desencuentro entre ambos.

Mi pareja de entonces y yo nunca debimos superar esos siete primeros años juntos y sin embargo, yo me obcequé, necesitaba hacerlo para poder irme después con la conciencia tranquila. Que no se dijera que no lo había intentado.

El problema es que a menudo uno está en un Canto del Cisne y no sabe que lo está.

Porque el Canto del Cisne no es tal, no funciona, si uno tiene plena conciencia de que, en cuanto acabe el plazo, la relación habrá terminado.

El Canto del Cisne puede durar poco o mucho tiempo, depende de nosotros y nuestra resistencia a la verdad, a nuestra verdad interior.

A veces tenemos demasiado miedo a mirar dentro y reconocer lo que nos pasa.

A veces es solo que hay amores que no duran siempre y nos cuesta reconocerlo.

A veces cuesta demasiado admitir la verdad.

Pero recordad, solo la Verdad nos hará felices a largo plazo.

¿Cuál es vuestra Verdad?

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