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mujer mirándose al espejo

Un artículo de Eugenio Sánchez Arrate

Vivimos en una cultura narcisista, se sobrevalora la autoimagen, el yo, el individualismo, el ego.

Eso también afecta a las diversas terapias que existen, da lo mismo su orientación.

Nadie está libre de su propia porción de narcisismo. Y quien diga lo contrario se está mintiendo.

Pero de un tiempo a ésta parte se observa el abuso de la imagen, las fotos, los vídeos y, en general, todo lo relativo al ombligo de los/las terapeutas, todo mostrado o exhibido de cierta forma narcisista, para, de un modo bastante inconsciente (en general), obtener la mirada del otro, sobre todo en el mundo del Desarrollo y Crecimiento Personal.

Son éstos los terapeutas de cartel y foto, de vídeo y peluquería, de micrófono y escenario… todo retocado, cuidadísimo y guay… gente de la que sería bueno desconfiar.

Fundamentalmente porque, consciente o inconscientemente éstos terapeutas, coaches, psicólogos y gurús, dan talleres y sesiones para obtener atención y admiración para sí mismos, pero tienen realmente bien poco que ofrecer a los demás más allá de cierto humo envolvente.

Imparten enseñanzas, formación, terapia, para demostrarse a si mismos su gran valía o su merecimiento.

Es decir, usan al paciente, cliente o público para validarse a si mismos y engordarse el ego.

Aquí un excelente artículo de Marko Vlahovic sobre éste asunto que os recomiendo que leáis. Trata sobre la autenticidad, la verdad y las prácticas tan comunes que estamos comentando.

http://markovlahovic.com/es/terapia-de-verdad-vs-terapia-narcisista/

Las causas del narcisismo: La Carencia

El abuso de la autoimagen, suele proceder de una necesidad desproporcionada de ser visto, admirado y reconocido.

Cuando alguno de nuestros papás no nos hizo ni caso, o no se preocupó de saber quiénes éramos realmente, solemos sobrecompensar la carencia con una necesidad desproporcionada de admiración y atención externa.

Entonces buscamos la mirada ajena. Entonces seducimos.

Tratamos de buscar fuera esa falta de mirada y reconocimiento que no nos damos a nosotros mismos porque nunca aprendimos a hacerlo.

Algunos llegan al punto de exponer su vida e intimidades al público en una especie de confesión íntima que nadie les ha pedido, pues invaden de algún modo el espacio del otro.

Haciendo ésto son el ombligo, el centro… disfrazan de (ésto que yo comparto lo hago para que otros aprendan con mi ejemplo, para que les sirva) de altruismo, cuando en realidad sigue siendo una forma de captar la atención del otro y usarle como público propiciatorio.

La carencia es la fuente de esa necesidad desproporcionada de éxito, logros, poder… cuando no nos sentimos suficientes, buscamos obtener de fuera para sentirnos alguien digno o respetable.

La carencia es también la causa del narcisismo. Un narcisista necesita creerse que es mejor de lo que es… porque en realidad no se siente ni le hicieron sentir gran cosa.

En el fondo es una desesperada (y a menudo inconsciente) búsqueda del amor que no nos dieron de niños ni nos damos nosotros ahora.

Estos terapeutas seducen a sus clientes inconscientemente, los consideran una masa amorfa de gente con problemas, o con dinero, o clientes potenciales a los que explotar.

narcisista

narcisismo y autoestima

Tratan un poco mejor a aquellos que, habiendo asistido a sus talleres, contratan sesiones individuales, pero básicamente estamos ante un fenómeno de ordeñamiento diferido del público explotable.

O te sacan la pasta, o te sacan tu atención y mirada… a cambio de humo, de apenas nada, de menos de lo que tu les das.

De tal suerte que los telespectadores de sus vídeos y fotos son en realidad público, admiradores, la cla, los palmeros que aplauden su triste espectáculo que solo les funciona a ellos. Solo buscan seguidores, solo buscan me gusta en sus redes sociales, solo buscan gente a la que explotar y de la que servirse, solo buscan ser estrellas.

Incluso algunos/as terapeutas fantasean con la idea de que su público tenga fantasías sexuales con ellos… son así de tristes en su interpretación de la realidad.

Recordemos que el narcisismo no ofrece nada al que lo admira y engrandece…

Tu los miras, los admiras, los idealizas, a veces hasta los adoras e idolatras… ellos no te dan prácticamente nada. Aunque te hacen creer que si.

COMO PROTEGERSE DE ELLOS

Ojo con éste tipo de terapeutas. Abundan en el mundillo más de lo que suponemos y sería bueno que conociésemos algunas particularidades de su forma de actuar y del modo de defendernos de ellos.

Lo primero: tu no les importas, aunque te hagan creer lo contrario, aunque algunos se quieran creer que si… tu solo eres aquel, aquella a quienes van a exprimir para validarse.

En función de ese principio, tu solo eres valioso si pueden sacar algo de ti (aunque solo sea tu admiración hacia ellos).

Por ejemplo, en estos talleres/shows de un día o una tarde, monotemáticos, tu recibes un pelotazo emocional durante el mismo, te vas a casa y sigues en las mismas que estabas antes, acaso sintiéndote más culpable, porque con lo fácil que te lo han pintado en el taller/show que te han montado (a veces son la misma cosa esos talleres y shows) eres medio tonto por no poner los consejos en práctica en tu vida cotidiana. Con lo fácil que es cambiar, tu no puedes y eso es porque eres tonto, porque eres inútil, o porque te faltan más talleres o sesiones.

El terapeuta narcisista se muestra en éstos talleres de autoexhibición divino, perfecto, sanado e integrado… se muestra para ser visto.

Poco le importa cómo estés tu…date cuenta de que tu no eres el objetivo de su escenificación, tu solo eres el que mira y aplaude.

Y a menudo, el que paga.

En otros talleres el terapeuta abusa de su posición de poder para acostarse con las asistentes, o para sacarles el dinero, o para explotarles de algún modo (embaucándoles para que sean sus ayudantes, o para que les cedan gratis en la próxima ocasión su casa, su local, su finca para celebrar otro evento, u ofreciéndoles un pírrico empleo de cocinero, o de coordinador, o de secretario o ayudante en prácticas por un mísero sueldo… tu siempre por debajo de ellos, inmensamente por debajo).

Algunas versiones mejoradas del narcisismo muestran a un terapeuta sobre el escenario o en pantalla que confiesa doliente como ha sufrido, que se duele ante las cámaras o los espectadores, que hasta llora si es preciso por sus muchos quebrantos… pero que se rehace y lucha por su vida aplicando sus mágicas soluciones y sus acertados consejos… para que veas lo mucho que se han esforzado por lograr llegar a donde han llegado…. y para los admires.

Porque explícita o implícitamente, todo termina en que TU LES ADMIRES, LES PRESTES ATENCIÓN, LES VALORES Y LES HAGAS SENTIR MEJOR DE LO QUE POR DENTRO SE SIENTEN.

    Y SI PUEDE SER, QUE ENCIMA LES PAGUES POR ELLO.

 

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Narcisismo, de Alexander Lowen

 

 

Estas versiones mejoradas del narcisismo no son más que autoengaños a los que el propio terapeuta narcisista se somete. La falta de humildad, de conciencia y de trabajo personal y terapeútico con uno mismo les delatan.

También la creencia, que se intenta instaurar desde tantos lugares, de que con tres patadas y unas pocas sesiones ya resuelves tu vida, es bastante norteamericana y forma parte de la cultura del “facilismo” y las soluciones mágicas que nos están vendiendo últimamente.

Yo creo en los cambios de paradigmas, de creencias, en que atraes aquello en lo que vibras (de hecho publico muchas cosas sobre éstos temas en el blog)… pero también se y por experiencia de años (con pacientes y grupos de todo tipo) que los cambios no son tan fáciles ni radicales como nos los quieren pintar.

Y también se, lo he comprobado experiencialmente, que hay gente a la que le cuesta muchísimo aplicar esos principios y merece nuestra ayuda, apoyo y empatía… lo que no se merece cada persona, desde luego, es que la vendamos la moto y que la tratemos como un pobre espectador, admirador, adorador de nosotros mismos en consulta o en nuestros talleres.

Ellos importan, ellos son lo más importante.

La terapia, nos guste o no, a menudo es zapa, es trabajo duro o gozoso (depende) y siempre es un proceso más o menos largo.

A veces es muy corto (pocas veces), a veces dura mucho más tiempo, pero desde luego no se afronta montando un show que en realidad me tiene a mi mismo como estrella/terapeuta, junto a mis adláteres ayudantes y que usa a los demás como boquiabierto público aplaudidor, o como masa explotable de mis apetencias sexuales o económicas, emocionales, o afectivas.

Ellos, los que escuchan, los clientes, los pacientes, son más importantes que yo durante el proceso terapeútico y se merecen toda mi empatía, cuidado, atención y compasión… se merecen TODO MI RESPETO.

No se merecen, desde luego, ser tratados como una masa anónima de telespectadores, radioyentes, televidentes, lectores, admiradores, o harén al uso.

Y no se merecen que yo trate de validarme a su costa.

La sanación de la persona desde luego no es algo que se resuelva en una catárquica charla o show de pelotazo emocional lleno de frases baratas extraídas de libros de autoayuda o espiritualidad, que el propio terapeuta no se aplica, a la vista de lo que uno ve en esos vídeos u observa en sus actos cotidianos.

Hay algunos de éstos terapeutas que parecen sacos de frases sacadas del budismo, del Advaita, de Krishnamurti, de Osho o de Paulo Coelho. Pero que, más allá de la palabrería, no son gran cosa como facilitadores, ayudadores o acompañantes terapeúticos.

Eso si… se venden estupendamente, funcionan divinamente como marca… pero ¿Como buenos profesionales?…

Recordemos que no todo lo que se vende bien es bueno… al revés, a veces lo bueno es el marketing empleado para venderlo.

La falta de preparación clínica, terapeútica, y experiencial de coaches, terapeutas e incluso psicólogos en temas de autotrabajo y autoconocimiento, las pocas o ninguna horas de terapia personal que llevan encima para trabajarse lo suyo (condición indispensable antes de trabajar con los demás, digan lo que digan ciertos paradigmas de la psicología o la espiritualidad) les delatan.

Y si hablo de éste tema es por la mucha experiencia, los muchos años de trabajo personal que llevo conmigo mismo y con gente, pacientes, grupos, personas… años en los que he comprobado cómo funcionan las cosas, en los que me he autobservado y observado a los demás y en los que no he perseguido otra cosa que la autenticidad. Y sigo en ello.

No os penséis que me doy ya por sanado, curado, resuelto o iluminado… Me queda mucho camino por recorrer, muchísimo. Por eso se de la tremenda responsabilidad que es tener a alguien en consulta o en un taller. No podemos actuar a la ligera y no podemos tener ciertas actitudes ante las personas desde nuestra posición de poder, que es la de terapeuta.

Sencillamente, hay límites a lo que un terapeuta puede y no puede hacer..

El narcisismo abunda, es dañino, suele ser inconsciente y últimamente produce monstruos de la terapia, el counseling y el acompañamiento de personas que dan bastante miedo.

En fin… es la cultura en la que vivimos.

Tan solo os pido que seáis selectivos a la hora de elegir un terapeuta, que no os dejéis deslumbrar por fuegos artificiales, por palabrería barata, por imagen atractiva o promesas evanescentes, que desconfiéis de las charlas o shows que prometen resolveros la vida, el amor, la abundancia, la familia, la autoestima, o cualquier otro tema en una charla, una tarde o un par de jornadas, o cinco sesiones con pack de masaje y spa incluidos.

Desconfiad de las estrellas.

Un buen terapeuta no necesita ser estrella de nada, ni venderse como un caramelo o una marca de refrescos… tan solo ha de hacer bien su trabajo.

un hombre abre los brazos en un escenario

Sentirse una estrella

Desconfiad de los talleres de Abundancia que solo atraen abundancia a los que los imparten (y te cobran a veces una pastón por asistir), desconfiad de las soluciones de Perogrullo de coaches, terapeutas y psicoterapeutas mediáticos que en una charla se embolsan un pastizal y consiguen menear y hacer hasta bailar al auditorio, pero que en realidad no tienen la menor preocupación por los problemas individuales de cada asistente… y si los tienen, solo es previo pago de un dineral por hora de sesión, de dinero prestado para sus propios fines, de local cedido, de trabajo gratis, casa gratis, o de cuerpo entregado y luego adiós muy buenas.

Un terapeuta se caracteriza por la presencia, la escucha, la empatía, la compasión… y por asegurarse de que aquello que hace, funciona de verdad en la gente, pero sobre todo se caracteriza por la autenticidad y los muchos años y esfuerzos que ha dedicado a resolverse y trabajarse a sí mismo como paciente antes de trabajar con otros.

Y sobre todo se caracteriza por la autenticidad, por ser verdadero y honesto.

Es ahí donde los descubriréis y sabréis de quien fiaros y de quien no.

Y tened en cuenta el polo contrario, que también hay gente desempoderada, carente y tendente siempre a la admiración del otro, gente que suele epatarse ante el poder del otro, el logro del otro; gente fuera de su centro que necesita gurús de los que colgarse y maestros a la que seguir como borregos, que precisan de gente a la que admirar y envidiar, ante la incapacidad de hacerse responsables de su propia vida, un tema que trataré en un próximo artículo.

  • Para ilustraros más sobre el tema de éste artículo os recomiendo un libro excelente:

Narcisismo, una enfermedad de nuestro tiempo. Alexander Lowen

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cambioLos budistas lo tienen muy claro. La vida es un cambio constante.

¿Entonces, para qué aferrarnos a nada? Ni a un trabajo, ni a una pareja, ni a una vida establecida y cómoda. La práctica del desapego se impone. Soltar, abandonar, dejar caer los brazos, no luchar contra lo inevitable.

Mi amigo Ibrahim, arquero de tiro tradicional de setenta y un años, asegura que en la vida son más importantes los accidentes que lo que tu has planeado para tu futuro. Porque todo se acaba derrumbando, torciendo, yendo por otro lado.

Si tal es así – y con años he ido comprobando que lo que dice el bueno de Ibra es cierto- ¿A que aferrarse? Lo que tenga que suceder, sucederá.

Sin embargo, para desapegarse de algo o de alguien, hace falta haberse apegado antes y uno comprueba que los que más fácilmente realizan los cambios, suelen hacerlo por su dificultad para los apegos, pues nunca estuvieron realmente unidos a nada ni a nadie con la suficiente profundidad.

Cambiar es dejar de hacer lo que uno ha hecho hasta ahora. Dejar de dar vueltas en círculos, o de escapar cuando uno sale de los baches siempre de la misma manera.

Para algunas personas, sumergidas en periódicos cambios, precísamente lo fácil es cambiar: cambiar de pareja, de casa, de vida, de sitio, de amigos…

Para ellos, el cambio significativo sería dejar de cambiar, quedarse donde están, no luchar, no aferrarse a ninguna solución mágica, experimentar el estado emocional en el que viven y transitarlo para aprender, crecer y superarlo.

La historia de mi vida

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A éstas alturas de la vida, el que les escribe ha cambiado radicalmente de vida unas cuantas veces como para saber de lo que habla. En otras facetas de la existencia – por desgracia más de las que me gustaría- soy un absoluto ignorante, pero en materia de cambios, yo podría dar conferencias, escribir libros y crear una enciclopedia ilustrada.

Una conjunción Plutón Urano en casa ocho, opuesta a un Saturno en la dos (la casa de las transformaciones opuesta a la casa del dinero y las finanzas, los amantes de la astrología lo comprenden) hacen que las crisis sean mi modo natural de avanzar en la vida. Y os aseguro que uno se hace muy fuerte con un aspecto planetario así.

Comencemos con el relato.

-A mi madre, su familia no la dejaba casarse con mi padre. Debido a la culpa y a haber tenido que enfrentarse al clan y abandonarlo, mientras estaba embarazada de mi, se deprimió. En su barriga sufrí mi primera crisis. Ella no deseaba tenerme y me iba a dejar morir. Estuve a punto de fallecer en la barriga de mi madre. Algo bajó desde el cielo, una presencia de luz femenina, para evitar que yo muriera. Años después, en visualizaciones, sintonizaciones de reiki ect… éste recuerdo volvería a mi conciencia con tanta fuerza que he tardado años en procesarlo.

Pasé mi primera depresión infantil con siete años. En mi casa nadie se enteró.

Mi segunda depresión con once. Tampoco se enteraron.

Mi familia estaba demasiado ocupada trabajando (mi padre es trabajólico) y discutiendo entre ellos para darse cuenta de nada.

Me tuve que recomponer yo solo desde que tengo uso de razón.

Tengo problemas para pedir ayuda porque desde que soy niño a nivel afectivo NO HABÍA NADIE A QUIEN PEDIRLE NADA.

-Con veintiún años me diagnosticaron Distimia, un trastorno similar a una depresión crónica, suave y sostenida en el tiempo. La superé.

-Cuando me hice psicoterapeuta tuve que aprender a llorar, porque me había hecho tan duro, tan insensible a causa del dolor, que no sabía hacerlo. La tristeza se me atascaba en el pecho y apenas era capaz de derramar lágrimas.

-Hace muchos años, al abandonar la multinacional de publicidad en la que trabajaba como investigador de audiencias, afronté mi primer cambio laboral importante dejando un empleo estable y tranquilo para irme a trabajar con la famlia. Buscaba seguridad… solo encontré más crisis y más cambios con aquellos que más quebraderos de cabeza me han dado en la vida.

-Afronté otro cambio radical años después, al hacerme psicoterapeuta y abandonar ese puesto seguro y bien remunerado junto a mis parientes, hecho éste que provocó casi la salida por la puerta de atrás del clan familiar.

-Añadamos a ésto, entre medias, dos separaciones de pareja bastante traumáticas, que dejaron cicatrices en mi alma y entonces comprenderéis que de cambios y rupturas uno sabe bastante, de hecho, la vida me ha convertido en un experto en giros bruscos de existencia, cambios de profesión, de rumbo y de modo de vida.

Desde que estoy en éste mundo, he sufrido toda clase de agresiones, las más dolorosas procedentes de mis parientes y personas más cercanas. Me han intentado pegar, engañar, confundir, me han puesto los cuernos, me han mentido, humillado, ignorado… Lejos de hundirme, cada vejación y dificultad me ha hecho más sabio y más fuerte, más tierno, más empático y mejor persona.

Soy el hombre de los cambios y éstos aún no han terminado.

Ya no confío en la estabilidad. Hoy se que estoy aquí… mañana quién sabe.

Son, además, tiempos inestables en el mundo, demasiado cambiantes como para aceptar que las cosas van a durar siempre.

Ya no hay trabajos para toda la vida, ni parejas, ni lugares, ni situaciones que duren siempre. El mundo va demasiado rápido como para aferrarse a nada seguro.

La necesidad de seguridad y suelo bajo los pies

Los budistas hablan de varios maras o infiernos en los que los hombres caen a lo largo de su vida.

Uno de los más poderosos es el Skhanda Mara, o la Necesidad de tener un suelo bajo los piés.

De éste Infierno o Mara yo también podría dar alguna clase a los lectores de éste blog.

Cuando estamos en el Skhanda Mara sufrimos por tener seguridad, algo que nos sustente o sujete y nos de tranquilidad.

Cuando abandoné la empresa familiar por la puerta de atrás, sufriendo una especie de acoso y derribo del clan familiar, mobbing y conductas parecidas, confieso que el mundo se me vino abajo.

Sin pacientes suficientes para poder vivir de mi trabajo como psicoterapeuta, sin empleo, sin nada a lo que aferrarme, la vida se había convertido en un oscuro callejón sin salida.

El paro se me terminó tras dos años de buscar por todas partes sin encontrar empleo y sin que los pacientes, con el país en crísis, llegaran a mi consulta en número suficiente… y hubo un momento en que me vi en la calle y casi sin dinero para pagar siquiera la hipoteca de la casa.

No estaba acostumbrado a vivir con lo justo, e incluso con menos de lo justo.

Durante varias semanas solo comí pan. Era barato y yo no podía permitirme gastar dinero, tenía que ahorrar como fuera. Estaba muerto de miedo. Un miedo denso, atroz, que años después regresaría por circunstancias parecidas.

Por las noches me despertaba angustiado, sudando, tembloroso, sin saber qué hacer. Todavía padecía las secuelas del duelo por mi última separación de pareja. Un constante mensaje recriminatorio aparecía en mi mente: Eugenio, tío, con la edad que tienes deberías estar haciendo algo provechoso con tu vida y mira donde estás, no tienes nada.

Era verdad, no tenía nada.

Y sin embargo, tardé algún tiempo- y sufrimiento- en darme cuenta de que lo tenía todo.

Tenía mi vida, mi salud (algo que solo se valora cuando se pierde), mis amigos (los mejores que un hombre pueda desear), mi casa soleada en un barrio que me encanta, mis gatos amorosos, mis casi cuatro mil libros repartidos en estanterías, mi lucidez, que me ha sacado de tantos agujeros… mi capacidad para reirme y ser feliz, mi coraje, mi honestidad, mi compasión, mi entrega… tenía tantas y tantas cosas… pero sobre todo tenía algo que me hacía estar en el sitio exacto y en el momento justo: Tenía Libertad.

Sin ataduras de ningún tipo, sin servidumbres ni esclavitud, a empresas, parejas o situaciones personales de desamparo, yo podía reconstruir mi vida y reconstruirme con rapidez sin depender de otros.

Era el comienzo de mi nueva vida.

Pasé miedo, tuve insomnio, me angustié.

La de noches que dí vueltas entre las sábanas, sin saber por donde escapar, a quien recurrir o a donde ir.

atormentado 2

El miedo a padecer miseria, a perder mi casa, a no tener donde dormir o qué comer, se hizo muy sólido y lo compartí con el de cientos de miles de personas que, en España y otros lugares del mundo, viven situaciones críticas de necesidad actualmente. Me solidarizo con ellos desde aquí, pues se lo que es pensar que mañana no vas a poder sobrevivir ni vas a tener donde caerte muerto.

De vez en cuando, mis familiares, sintiéndose culpables por el modo en que se habían desarrollado las cosas con mi marcha de la empresa, me metían dinero en la cuenta. Dinero que me costaba aceptar, pues yo vivía éstas donaciones como limosnas y no me gustaban.

Ana Cano, una amiga terapeuta, me habló un día de la culpa inconsciente y de que les permitiera que me ayudaran para aliviar su conciencia.

Acepté esa ayuda y sobre todo fuí tirando como pude, con el paro, los subsidios – que fuí agotando por completo-, con trabajos ocasionales o alimenticios.

Debía dinero a mi primo Alberto, debía dinero a Paco Domínguez, mi terapeuta… aún se lo debo.

La situación se hizo crítica y tuve que desarrollar nuevas capacidades personales y talentos dormidos. Volví a echar el tarot, después de años de tenerlo abandonado, encontré centros donde ejercer de tarotista y también donde dar clases de tarot terapeútico con excelentes resultados y cambios vitales en los participantes. Más tarde me hice Maestro en Lectura de Registros Akáshicos, comencé a dar y recibir cursos y formación en terapias alternativas, me convertí en Terapeuta Floral, regresé durante un año a la radio, trabajando para la Agencia para el Empleo del Ayuntamiento de Madrid y encontré vías, soluciones para ir tirando en una época en la que sobrevivir no está garantizado para nadie. Me hice más espiritual, más sabio, menos dependiente, menos apegado a lo material. Más auténtico y valiente.

Soy, por encima de todo, un superviviente.

A fecha de hoy mi situación fluctúa. A veces tengo dinero para vivir, a veces me falta. Pero eso no cambia mi estado interior de calma, que ha sido la mayor ganancia obtenida en éste tiempo.

El mundo podría derrumbarse, yo se que sobreviviré.

La gente, en general, vive más o menos tranquila con sus vidas asentadas, aferrados a parejas, trabajos, casas, situaciones fijas que les reportan seguridad.

¿Serían capaces de hacerlo en mi situación?

Y si mi vida ha sido complicada, deberíais ver las vidas de personas en países del Tercer Mundo y en Vías de Desarrollo… ellos si que pueden darnos una clase a todos sobre navegar frente a la adversidad.

Descubrir que no necesito tantas cosas para vivir cómodamente, recuperar valores perdidos en mi interior, aprender lo que de verdad importa, volverme más ahorrador, menos despilfarrador, aceptar que nunca jamás habrá seguridad suficiente en ninguna de las áreas de mi existencia. Saber que es un autoengaño pensar que algo es seguro y más engaño aún vender tu alma, tu existencia por un gramo de seguridad, a una empresa, a una pareja, a una situación insatisfactoria.

Muchas personas hipotecan su existencia para garantizarse la supervivencia económica… les cuesta

Con la edad he comprobado que el valor para cambiar de situación se pierde y los caminos se estrechan. Es mucho más fácil saltar al vacío siendo joven, con otra capacidad de recuperación, cuando el mundo lleno de oportunidades y hay más facilidad para encontrar pareja y trabajo, que con sesenta o setenta años y la vida hecha y ya encajada. Y sin embargo hay gente que se atreve a hacer grandes cambios incluso a esa edad.

Nunca es tarde para saltar.

Tengo cuarenta y ocho años, me suelen echar diez o doce menos. Pese a los cambios voy envejeciendo bien. Gente con diez, doce y quince años menos, está mucho más cascada que yo a su edad.

Sencillamente, ya no llegarán a los cuarenta y ocho en mi estado.

Y si alguien piensa que he perdido el miedo al cambio en todo este tiempo se equivoca….CADA VEZ TENGO MÁS MIEDO. PERO CADA VEZ TENGO TAMBIÉN MÁS CORAJE PARA SUPERARLO.

 De algo podemos estar seguros todos… nuestra vida va a cambiar. Unas veces lo provocaremos nosotros, otras el cambio vendrá de fuera. Será un cambio felíz o será traumático.

Nuestra vida puede derrumbarse en cualquier momento.

Abandonar la zona de seguridad, la cómoda zona en la que nos movemos a veces, se impone. Dejar de luchar y de aferrarse, dejar de buscar soluciones para no encajar nuestro estado emocional, también.

Y para ello solo puedo recomendar coraje, calma, fe… y un libro magistral que siempre me ha ayudado en éstos tránsitos, un libro compasivo, valiente, que no ofrece caramelos ni promesas, que acompaña mientras atravesamos momentos muy duros.

Se trata de Cuando todo se Derrumba, de la monja budista norteamericana Pema Chödrön.

 Pema Chodron

Que tengáis felices cambios.

Y que si no lo son, aprendáis de ellos y os hagan mucho más fuertes.

Desde VerDeVerdad, un saludo a todos los lectores y mi más sincero abrazo y solidaridad para los que sufren.

Entre todos Vamos a Cambiar el Mundo.

La Espiritualidad como huída

(Entrada Reblogueada desde La Usina Mística)

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¿Alguna vez recurriste a tu espiritualidad para evitar enfrentar un aspecto doloroso de tu vida? ¿Dejaste pasar abusos en nombre de la compasión? ¿Te escudaste en tus aspiraciones más elevadas para evitar sentir celos o enojo, por considerarlas emociones “poco espirituales”?

Si la respuesta a alguna de estas preguntas es sí, no estás solo. La mayoría de las personas que transitan el camino espiritual caen en algún momento, sin darse cuenta, en esta distorsión que el psicólogo estadounidense John Welwood bautizó “bypass espiritual” allá por 1984. De hecho, es una ocurrencia tan común en la cultura espiritual reinante, que muy pocos perciben su existencia y los peligros que trae aparejados.

Autores como Ken Wilber y Robert Augustus Masters incluso advierten que muchos consejeros religiosos y psicólogos transpersonales hoy promueven este error, con las mejores de las intenciones, al proponerle a quienes buscan su ayuda soluciones espirituales a problemas de otro…

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