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A veces la gente es golpeada por la vida (duelos, grandes pérdidas, desgracias personales) y desde el budismo, el advaita, la meditación zen, el hinduísmo o cualquier escuela de espiritualidad, se habla del desapego, el amor y la compasión en términos bastante fríos y poco conectados con la emoción, poco reales y acogedores para éstas personas.

Tu vida se acaba de caer a pedazos y el discurso que recibes desde ciertos enfoques del mundo espiritual es: tranquilo, todo está bien, aprende tus lecciones de vida, hay un plan, un principio ordenador de todo y aunque tu existencia esté hecha migas, no has de preocuparte, pasa lo que tiene que pasar y ésto lo mejor para ti.

gurú zen

Te sueltan frases de éste tipo (que no dudo que sean reales) pero allá te mueras, porque eso es todo lo que vas a recibir de ellos.

Si acaso la invitación a un curso de yoga o meditación para que lo practiques (y les llenes el bolsillo a los desapegados o les barras el templo).

La gente sufre y lo mejor que somos capaces de hacer es recitarles tres frases bonitas, dos conceptos, endiñarles tres perlas espirituales, darles cuatro palmadas en la espalda, pasarles la mano por el lomo y despacharlos y quitárnoslos de encima con toda la elegancia que nuestro método de espiritualidad nos permita.

Que si todo es ilusión, que si hay que trascender, que si el sufrimiento no es real…

A ciertos niveles esto es cierto… pero ¿es esa una buena forma de acompañar al otro en su malestar aquí y ahora?¿Le va a servir de algo saberlo a nivel teórico, cuando su estado presente no le permite experimentarlo?

Si alguien viene sufriendo, que le hablemos de que su sufrimiento es ilusión no va a ayudarle demasiado a salir de ahí… comprobado… no funciona.

Nunca funciona.

A veces confundimos desapego con distancia, frialdad, lejanía y abandono del otro.

He visto casos de personas que llegan a su guía, gurú, profesor, maestro o instructor de turno con un problema gordo y el hombre o la mujer que dan la clase agarran la capa mística de torear y le dan tres pases a la persona y lo dejan igual que estaba o peor. Porque en el fondo lo han abandonado, no le han acompañado, no se han hecho cargo de lo que traía, ni le han recogido, y encima el tipo o la mujer con su pena, les tiene que estar agradecidos por la tremenda enseñanza espiritual que han recibido.

Te dejan tirado y encima se lo agradeces.

Luego te queda esa rara sensación de que, si sufres, es porque eres tonto y no miras por debajo de la ilusión que lo impregna y subyace en todo.

A mi me parece que cuando uno sufre y se le trata así, se le dan palabritas y conceptos, en realidad se le somete a un abandono en toda regla.

Una cosa es que haya un plan, un principio ordenador y que todo suceda como tiene que suceder, una cosa es que todo sea ilusión y el sufrimiento no sea real en según que forma y modo…  y otra cosa es que a la persona que viene no se la recoja, acompañe, muestre afecto y ternura, se la escuche y se la demuestre de manera real ese amor del que tanto se habla.

Vivimos un amor de boquilla, el amor de palabra pero no demostrado de una manera efectiva y real en nuestras acciones.

Hablamos del amor, escribimos libros sobre el amor, pero dentro de nosotros, amor poquito.

Se habla del amor y de la compasión de una forma desapasionada y bastante lejana, poco tierna, poco humana y poco real.

A menudo, la manera más cómoda de no empatizar con el otro, no hacerme cargo de acompañarle ni estar a su lado es decir que lo que trae es suyo y él se lo tiene que gestionar.

Esto es cierto solo en parte… la verdad es que así encubrimos nuestra poca capacidad para dar, para recoger y para acompañar.

Conceptos como recoger, acoger, escucha activa y contacto cálido y real parecen muy alejados y olvidados hoy.

En el mundo espiritual es frecuente encontrar a personas que venden humo muy bien (hasta se lo creen) y hablan de cosas que no han experimentado.

Los detectas porque corporalmente muestran signos de anestesia y de vivir en la cabeza, en el concepto, en la razón y no en el corazón.

Son grandes egos y cabezas con patas, cerebro, razones, mente… nada de corporalidad cálida y de emociones verdaderas.

Ya son años haciendo observaciones como para no darme cuenta.

Hablan de cosas que han aprendido o leído en cursos y libros, bellas frases, koans, principios, sutras, pero nunca se los han paseado por el cuerpo ni los han interiorizado. Hablan del amor, pero no te parece que lo estén sintiendo hacia los demás en ese momento en que lo dicen.

Es lo que yo llamo el amor como concepto.

Se habla de él, se filosofa sobre él, pero no se experimenta con calidez, ternura y contacto real con el otro.

En gestalt, hablar acerca de las cosas sin experimentarlas se denomina hacer Bla-Bla-Bla.

Hay tres tipos de Bla-Bla-Bla.

1-Caca de pollo (son esas frases de compromiso que decimos cuando vamos en el ascensor… ¿Que tal todo? Parece que va a mejorar el tiempo. ¿La familia que tal? Bien, todo bien… y con las que nos relacionamos de manera poco auténtica con nuestros vecinos. Frases de compromiso, fórmulas fáciles.

2-Caca de vaca. Son las excusas explicaciones y porqués que nos damos para autoengañarnos cada día. Hice ésto por ésta razón, ésto me lo hizo fulano por ésta otra…. Se trata de los porqués, que son interpretaciones, pero no son la realidad.

3-Caca de elefante. Es cuando teorizamos y filosofamos sobre la vida, el universo, el sentido de todo, sin haber experimentado nada de lo que decimos o habiéndolo experimentado solo desde lo mental o lo corporal, pero no con todo nuestro ser.

En gestalt, lo que no se experimenta es que no se ha vivido y hablar de ello no es hablar con autenticidad ni conocimiento de causa.

Solo sabes de aquello que tu has vivido, de lo otro, puedes hablar, teorizar y hacer la caca verbal que quieras… no es real para ti… porque no lo has atravesado.

elefante cagando

Pues bien, mucho de lo que leo en materia espiritual en tantos libros, blogs y lugares últimamente me parece caca de elefante.

Gente hablando de cosas que no ha experimentado, gente viviendo desde la cabeza, sin ternura, sin afectividad, sin atravesar estados emocionales intensos, hablando del amor sin sentir amor, de la compasión sin ser compasivos, del desapego siendo distantes y fríos  con los demás… confundiendo abandono con desapego, frialdad con desapego, incapacidad de dar al otro con desapego y ecuanimidad.

Y unas narices.

abrazos

A veces, en vez de hablar tanto, de teorizar tanto, lo único que tenemos que hacer por el otro es abrazarle. Tan solo eso.

A veces, solo necesitamos un abrazo, un gesto sencillo y sincero, entregado, que es mucho más poderoso que todas las técnicas, meditaciones, discursos y palabrería mística que seamos capaces de elaborar, leer, asimilar o escribir.

Dar y recibir un abrazo es experimentar el amor en estado puro. Dejarse de conceptos, de razones, de mente y pasar al acción de la mejor manera que existe… con afecto y amor.

Alguien viene con un problema, viene con una herida, está sufriendo… y le abrazamos y nos dejamos de tonterías.

La mente es un servidor excelente, pero como jefe, reconozcamos que deja bastante que desear.

A veces, un abrazo sin palabras es la mayor muestra de compañía, compasión, afecto y ternura que podemos demostrar al otro.

Abrazar es una de las muchas formas del amor.

Abrazar bien es todo un arte… pero si lo hacemos con todo nuestro corazón no cometeremos errores y el otro sabrá que estamos presentes en su vida.

Asi que, más abrazos, más amor, menos palabras… y sobre todo más ternura.

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Felicidad

Eugenio Sánchez Arrate

Odio las listas de recetas. También las listas de consejos y sobre todo esos artículos o libros del tipo, las 10 leyes para el éxito, los 12 pasos hacia la felicidad, las 20 cosas imprescindibles que mejorarán tu vida, o los 13 principios de la mente superior y creativa.

Las odio, sencillamente. Contienen un aroma de superioridad, transmiten esa rara sensación de que, leche, si resulta que es muy fácil ser feliz, ser rico, ser abundante, vivir una vida sana, pero como yo soy medio gilipollas, no me había dado cuenta y vivo hecho un desgraciado.

Entonces nos entra la culpa, no solo no lo estamos haciendo bien, no solo estamos llevando una vida de mierda, sino que encima… encima nos restriegan que somos imbéciles porque la solución es muy fácil y estaba ahí, al alcance de la mano.

Son muy norteamericanos éstos procedimientos de la felicidad en pastillas y principios fáciles, la riqueza al alcance de todos siguiendo tres pautas y dos consejos.

Creo, desde el corazón, que si una sola de esas listas funcionara bien, no haría falta seguir escribiendo más listas parecidas. También opino lo mismo de los libros de autoayuda… su funcionamiento es relativo.

Pero sobre todo odio ésta clase de listas porque no creo en dar consejos, no creo en dar recetas y creo que cada persona tiene necesidades e impulsos diferentes, un camino diferente y una forma diferente de vivir. Cada persona necesita algo distinto para despertar la conciencia y ser más feliz.

¿Quiénes somos nosotros para dar consejos?.

Dicho ésto, solo puedo contaros aquello que a mi me ha funcionado bien de unos años para acá. Aquello que ha hecho de mi vida un lugar mejor. Advierto: son mis trucos… para nada pretendo que sean los trucos que deba seguir todo el mundo.

Agradecimiento: Agradecer todo lo que tenemos, lo que disfrutamos, la comida que comemos -sea buena o mala, mucha o poca-, la gente con la que hablamos, las oportunidades que aparecen en nuestra vida, las experiencias que vivimos, las buenas, las malas, las regulares. Valorar que tenemos casa, techo, comida, comodidades, que estamos sanos, que podemos respirar, reir, caminar, que tenemos gente que nos quiere, que estamos facultados para querer con toda nuestra alma a las personas que vengan a nosotros.

Perdonarse y perdonar (lo cual no significa que los demás te puedan tomar por tonto) A los que tengas que poner límites o decir las cosas muy claras… debes hacerlo. A los que tengas que expulsar de tu vida, expulsarlos sin contemplaciones. No venimos a ser ONG´s del afecto. Si no nos aman, aire. Tratemos a los demás como ellos nos tratan a nosotros. Da mucho poder y sensación de alivio dar puerta a alguien que solo nos ha hecho daño o que abusa de nosotros.

Ver el lado amoroso de las personas. Una mirada torcida hacia la gente y nosotros mismos, ver los defectos y solo los defectos de todo y todos, nos hará muy desgraciados. Ver el lado amoroso de la gente implica vernos a nosotros amorosamente. Nosotros también somos gente. También merecemos una mirada amable. Merecemos amor.

Aprendizaje: Considerar cada experiencia de vida no como una desgracia o una bendición, sino como un aprendizaje.

Sencillez: Recrearse en las cosas sencillas de la vida. Aprender a disfrutar del silencio, de un paseo, de un atardecer. Las mejores cosas de la existencia no son las más caras o las más rotundas, intensas o excesivas. Vivir agitado o pasado de vueltas es vivir en un estado de excitación anormal e insano que implica que algo dentro de nosotros no marcha bien. Si tenemos que chutarnos adrenalina, es porque quizá estamos un poco muertos por dentro. Lo cotidiano ya contiene experiencias poderosas para nosotros siempre y cuando estamos en un estado total de presencia.

Escuchar al propio cuerpo. Si enfermamos o somatizamos, es porque algo en nuestra vida no marcha bien. Ya hay exhaustivas listas de correspondencias entre dolencias y enfermedades y su correspondiente problema emocional asociado. (recomiendo, por ejemplo La Enfermedad busca sanarme, de Phillippe Dransart. Editorial Luciérnaga, pero hay muchos otros libros) Investigad, escuchad al cuerpo, aprended lo que os está diciendo cada dolor, cada enfermedad, cada problema de salud.

(Esta es una de mis favoritas, atentos)…

Ligereza: Si cuesta mucho, no es para ti. Si te tienes que esforzar un montón para lograrlo, si conservar una relación o tu vida actual te pesa… esa no es tu verdadera vida. La vida de uno, la que está destinado a vivir, es fácil, ligera, no se hace pesada ni molesta, no cuesta grandísimos esfuerzos, no aburre, no aturde, no atonta, no estresa, no cansa ni agota, no te hace sentir que serías más feliz en otra parte. Al contrario, te llena de energía e ilusión. Cada día.

Desapego y límites: Si algo o alguien no te nutre, abandónalo, no es para ti. Todo y todos los que estén en tu vida han de estar para proporcionarte la mayor felicidad posible. Eso no significa que puedas aprovecharte de ellos, pero si que debes aprender a disfrutar de lo que te dan. Pon límites a los que te dañan, aléjate de los que no te aman o te hacen daño. No tienes porqué aguantar a nadie. En ningún lugar está escrito que tu te tengas que llevar bien con todo el mundo.

Felicidad: Aprender qué es lo que te hace feliz a ti. Lo que a una persona la hace feliz, para otra puede ser un infierno.

Conocerte: saber qué te apasiona e ilusiona y empezar a hacerlo ahora, ya y sin excusas. Esa es la tarea más importante que has de llevar a cabo de manera inmediata. Los debos y los tengos no sirven de nada. Tu no tienes ni debes hacer nada… tu obligación primera es ser feliz y compartirlo con los tuyos, contagiarlo al mundo.

Se creativo: Recupera al artista que llevas dentro. Cursos como el Camino del Artista, de Julia Cameron (que yo imparto como facilitador, pero que pueden hacerse en solitario) o cursos de creatividad, arteterapia, bellas artes etc… te ayudarán a rehabilitar al creador que llevas dentro. Porque, no se si lo sabes, cuando creas, te pareces a la Deidad, te vuelves luminoso, divino y también más feliz.

Todo el mundo es creativo. Se puede ser creativo hasta cuadrando balances o fregando los platos, no necesitas ser un artista en el sentido más estricto del término para trabajar y explorar tu creatividad.

Entusiásmate: … entusiasmo viene de la palabra Entheos (estar en Dios).

Recupera a tu niño interior: Sanar sus viejas heridas, hacer los duelos pendientes, perdonarse y perdonar viejos agravios, traumas y heridas. Para ello, imprescindible hacer terapia. Sin terapia, todo queda sepultado bajo capas de aparente normalidad… pero solo aparente. El dolor está ahí debajo… SIEMPRE. Por mucho que lo ignores o niegues, está teniendo un efecto perjudicial en tu vida a no ser que lo sanes y limpies por completo. Mucha gente cree estar sana pero no lo está. Sin terapia el camino de crecimiento se hace mucho más arduo.

Apertura: Estar abierto y dispuesto al crecimiento interior y el trabajo personal constante. No lo sabemos todo, no somos divinos ni perfectos. La disposición a crecer nos hace grandes.

Escucha: Sin escucha a los otros, a la vida, a uno mismo, uno no recibe los mensajes de la existencia ni aprende lo que tiene que aprender de todo lo que nos pasa. Escuchar significa a veces oír cosas de nosotros o los demás que no nos gustan… y de nuestra capacidad para encajar depende todo.

Empatía y compasión: Empatizar con uno mismo y los otros. Compasión, compasión y compasión. Los demás no son nuestros enemigos, a menudo son grandisimos aliados.

Pasión: Y una variante muy buena… con pasión, con pasión, y con pasión… haz cosas que te apasionan, apasiónate. La gente que no es capaz de apasionarse, debe trabajar sus miedos y corazas exteriores, pues por debajo de ellas lo que existe es el espíritu, el fuego interior que nos hace vibrar con la vida, que nos sacude y agita para entregarnos a la experiencia.

Experiencias intensas: Buscad experiencias cumbre, experiencias de total implicación y conexión con lo que estéis haciendo… ésto solo se consigue haciendo lo que a uno le gusta. Una experiencia intensa no significa que uno se tenga que arrojar desde un puente, circular a trescientos kilómetros por hora o luchar con un león a brazo partido. La intensidad es otra cosa muy distinta desde la quietud, la calma y el estar centrado en uno mismo.

Meditar, pasear y caminar con frecuencia: Algo de ejercicio físico (senderismo, bicicleta… en mi caso, además, tiro con arco) ayuda. Machacarse y autotorturarse con el ejercicio tiene un componente importante de masoquismo o adicción a las endorfinas a causa de un estado emocional que casi siempre muestra cierta tendencia a la depresión. Es propio de los caracteres rígidos, hiperresponsables y encorsetados. Si tu ya eres feliz con tu vida cotidiana, no necesitas chutarte ejercicio para no venirte abajo o apagarte como una vela sin cera. Deporte sano y sin exigencia, que éste no sea una adicción ni una tortura. Que sea un regalo.

Contacto con la naturaleza: Pisar la hierba descalzo nos reconecta con la Fuente, la Deidad, el Creador y el propósito de nuestra alma. Hacedlo con frecuencia, es sanador.

Vivir las emociones sin negarlas, reprimirlas ni rechazarlas. Ser fuerte no es ir de fuerte por la vida (a menudo se confunde ésto). Alguien fuerte llora si tiene que llorar, se desmorona si se tiene que desmoronar, va a terapia si tiene que ir, no niega los problemas, no asegura tenerlo todo controlado y es capaz de atravesar todos los estados de ánimo sin negarlos o bloquearlos porque puede caminar a través de ellos sin sentirse amenazado.

Soledad y Compañía: Pasa ratos de soledad e introspección (para centrarse y no perderse en los otros) y ratos de compartir con los amigos, con buenos amigos. Comparte el tiempo con gente que te quiere, con animales, con personas lindas y luminosas.

-Tener una buena disposición y consideración hacia uno mismo. Tratarse con afecto, con respeto, con ternura. Mirarse con ojos amables en el espejo. Reconocer los propios errores, perdonarse por ellos, pedir perdón a otros si se los hiere u ofende, reparar el daño causado siempre.

No forzar los acontecimientos, fluir con la vida, no pelearse con lo que no nos sale, lo que no es para nosotros, no nos llega o no sucede. Lo que ha de pasarnos, nos pasará, lo que ha de llegarnos, llegará. Todo está contemplado en el plan de nuestra alma.

No esperar el momento adecuado e idóneo para hacer lo que uno desea hacer, estar con quien uno desea estar o llevar la vida que uno quiere y sabe qué le hará feliz. El momento es Ahora, el instante es Ya. Postoponer es aplazar… ¿Cuándo será el momento idóneo para hacer eso que siempre quisiste hacer? La respuesta es hoy… Ahora. Solo tenemos el presente y nada más. La vida pasa deprisa.

Olvida las listas, las recetas, los consejos: E insisto, como punto final del listado, no hacerme a mi mucho caso, no seguir a maestros ni gurús, ignorar las listas como ésta (incluida también ésta si os parece bien)… buscad vuestras propias recetas. Las mías son las que os he contado y puede que no todas os sirvan. Usad las que os vengan bien, añadid otras y, si os apetece, compartidlas conmigo, porque me encantará escucharos y saber lo que os hace felices ya que, posiblemente, también me ayude a mi y ayude a muchos otros a ser más felices.

Esto es VerdeVerdad y, entre todos, vamos a cambiar el mundo.

cambioLos budistas lo tienen muy claro. La vida es un cambio constante.

¿Entonces, para qué aferrarnos a nada? Ni a un trabajo, ni a una pareja, ni a una vida establecida y cómoda. La práctica del desapego se impone. Soltar, abandonar, dejar caer los brazos, no luchar contra lo inevitable.

Mi amigo Ibrahim, arquero de tiro tradicional de setenta y un años, asegura que en la vida son más importantes los accidentes que lo que tu has planeado para tu futuro. Porque todo se acaba derrumbando, torciendo, yendo por otro lado.

Si tal es así – y con años he ido comprobando que lo que dice el bueno de Ibra es cierto- ¿A que aferrarse? Lo que tenga que suceder, sucederá.

Sin embargo, para desapegarse de algo o de alguien, hace falta haberse apegado antes y uno comprueba que los que más fácilmente realizan los cambios, suelen hacerlo por su dificultad para los apegos, pues nunca estuvieron realmente unidos a nada ni a nadie con la suficiente profundidad.

Cambiar es dejar de hacer lo que uno ha hecho hasta ahora. Dejar de dar vueltas en círculos, o de escapar cuando uno sale de los baches siempre de la misma manera.

Para algunas personas, sumergidas en periódicos cambios, precísamente lo fácil es cambiar: cambiar de pareja, de casa, de vida, de sitio, de amigos…

Para ellos, el cambio significativo sería dejar de cambiar, quedarse donde están, no luchar, no aferrarse a ninguna solución mágica, experimentar el estado emocional en el que viven y transitarlo para aprender, crecer y superarlo.

La historia de mi vida

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A éstas alturas de la vida, el que les escribe ha cambiado radicalmente de vida unas cuantas veces como para saber de lo que habla. En otras facetas de la existencia – por desgracia más de las que me gustaría- soy un absoluto ignorante, pero en materia de cambios, yo podría dar conferencias, escribir libros y crear una enciclopedia ilustrada.

Una conjunción Plutón Urano en casa ocho, opuesta a un Saturno en la dos (la casa de las transformaciones opuesta a la casa del dinero y las finanzas, los amantes de la astrología lo comprenden) hacen que las crisis sean mi modo natural de avanzar en la vida. Y os aseguro que uno se hace muy fuerte con un aspecto planetario así.

Comencemos con el relato.

-A mi madre, su familia no la dejaba casarse con mi padre. Debido a la culpa y a haber tenido que enfrentarse al clan y abandonarlo, mientras estaba embarazada de mi, se deprimió. En su barriga sufrí mi primera crisis. Ella no deseaba tenerme y me iba a dejar morir. Estuve a punto de fallecer en la barriga de mi madre. Algo bajó desde el cielo, una presencia de luz femenina, para evitar que yo muriera. Años después, en visualizaciones, sintonizaciones de reiki ect… éste recuerdo volvería a mi conciencia con tanta fuerza que he tardado años en procesarlo.

Pasé mi primera depresión infantil con siete años. En mi casa nadie se enteró.

Mi segunda depresión con once. Tampoco se enteraron.

Mi familia estaba demasiado ocupada trabajando (mi padre es trabajólico) y discutiendo entre ellos para darse cuenta de nada.

Me tuve que recomponer yo solo desde que tengo uso de razón.

Tengo problemas para pedir ayuda porque desde que soy niño a nivel afectivo NO HABÍA NADIE A QUIEN PEDIRLE NADA.

-Con veintiún años me diagnosticaron Distimia, un trastorno similar a una depresión crónica, suave y sostenida en el tiempo. La superé.

-Cuando me hice psicoterapeuta tuve que aprender a llorar, porque me había hecho tan duro, tan insensible a causa del dolor, que no sabía hacerlo. La tristeza se me atascaba en el pecho y apenas era capaz de derramar lágrimas.

-Hace muchos años, al abandonar la multinacional de publicidad en la que trabajaba como investigador de audiencias, afronté mi primer cambio laboral importante dejando un empleo estable y tranquilo para irme a trabajar con la famlia. Buscaba seguridad… solo encontré más crisis y más cambios con aquellos que más quebraderos de cabeza me han dado en la vida.

-Afronté otro cambio radical años después, al hacerme psicoterapeuta y abandonar ese puesto seguro y bien remunerado junto a mis parientes, hecho éste que provocó casi la salida por la puerta de atrás del clan familiar.

-Añadamos a ésto, entre medias, dos separaciones de pareja bastante traumáticas, que dejaron cicatrices en mi alma y entonces comprenderéis que de cambios y rupturas uno sabe bastante, de hecho, la vida me ha convertido en un experto en giros bruscos de existencia, cambios de profesión, de rumbo y de modo de vida.

Desde que estoy en éste mundo, he sufrido toda clase de agresiones, las más dolorosas procedentes de mis parientes y personas más cercanas. Me han intentado pegar, engañar, confundir, me han puesto los cuernos, me han mentido, humillado, ignorado… Lejos de hundirme, cada vejación y dificultad me ha hecho más sabio y más fuerte, más tierno, más empático y mejor persona.

Soy el hombre de los cambios y éstos aún no han terminado.

Ya no confío en la estabilidad. Hoy se que estoy aquí… mañana quién sabe.

Son, además, tiempos inestables en el mundo, demasiado cambiantes como para aceptar que las cosas van a durar siempre.

Ya no hay trabajos para toda la vida, ni parejas, ni lugares, ni situaciones que duren siempre. El mundo va demasiado rápido como para aferrarse a nada seguro.

La necesidad de seguridad y suelo bajo los pies

Los budistas hablan de varios maras o infiernos en los que los hombres caen a lo largo de su vida.

Uno de los más poderosos es el Skhanda Mara, o la Necesidad de tener un suelo bajo los piés.

De éste Infierno o Mara yo también podría dar alguna clase a los lectores de éste blog.

Cuando estamos en el Skhanda Mara sufrimos por tener seguridad, algo que nos sustente o sujete y nos de tranquilidad.

Cuando abandoné la empresa familiar por la puerta de atrás, sufriendo una especie de acoso y derribo del clan familiar, mobbing y conductas parecidas, confieso que el mundo se me vino abajo.

Sin pacientes suficientes para poder vivir de mi trabajo como psicoterapeuta, sin empleo, sin nada a lo que aferrarme, la vida se había convertido en un oscuro callejón sin salida.

El paro se me terminó tras dos años de buscar por todas partes sin encontrar empleo y sin que los pacientes, con el país en crísis, llegaran a mi consulta en número suficiente… y hubo un momento en que me vi en la calle y casi sin dinero para pagar siquiera la hipoteca de la casa.

No estaba acostumbrado a vivir con lo justo, e incluso con menos de lo justo.

Durante varias semanas solo comí pan. Era barato y yo no podía permitirme gastar dinero, tenía que ahorrar como fuera. Estaba muerto de miedo. Un miedo denso, atroz, que años después regresaría por circunstancias parecidas.

Por las noches me despertaba angustiado, sudando, tembloroso, sin saber qué hacer. Todavía padecía las secuelas del duelo por mi última separación de pareja. Un constante mensaje recriminatorio aparecía en mi mente: Eugenio, tío, con la edad que tienes deberías estar haciendo algo provechoso con tu vida y mira donde estás, no tienes nada.

Era verdad, no tenía nada.

Y sin embargo, tardé algún tiempo- y sufrimiento- en darme cuenta de que lo tenía todo.

Tenía mi vida, mi salud (algo que solo se valora cuando se pierde), mis amigos (los mejores que un hombre pueda desear), mi casa soleada en un barrio que me encanta, mis gatos amorosos, mis casi cuatro mil libros repartidos en estanterías, mi lucidez, que me ha sacado de tantos agujeros… mi capacidad para reirme y ser feliz, mi coraje, mi honestidad, mi compasión, mi entrega… tenía tantas y tantas cosas… pero sobre todo tenía algo que me hacía estar en el sitio exacto y en el momento justo: Tenía Libertad.

Sin ataduras de ningún tipo, sin servidumbres ni esclavitud, a empresas, parejas o situaciones personales de desamparo, yo podía reconstruir mi vida y reconstruirme con rapidez sin depender de otros.

Era el comienzo de mi nueva vida.

Pasé miedo, tuve insomnio, me angustié.

La de noches que dí vueltas entre las sábanas, sin saber por donde escapar, a quien recurrir o a donde ir.

atormentado 2

El miedo a padecer miseria, a perder mi casa, a no tener donde dormir o qué comer, se hizo muy sólido y lo compartí con el de cientos de miles de personas que, en España y otros lugares del mundo, viven situaciones críticas de necesidad actualmente. Me solidarizo con ellos desde aquí, pues se lo que es pensar que mañana no vas a poder sobrevivir ni vas a tener donde caerte muerto.

De vez en cuando, mis familiares, sintiéndose culpables por el modo en que se habían desarrollado las cosas con mi marcha de la empresa, me metían dinero en la cuenta. Dinero que me costaba aceptar, pues yo vivía éstas donaciones como limosnas y no me gustaban.

Ana Cano, una amiga terapeuta, me habló un día de la culpa inconsciente y de que les permitiera que me ayudaran para aliviar su conciencia.

Acepté esa ayuda y sobre todo fuí tirando como pude, con el paro, los subsidios – que fuí agotando por completo-, con trabajos ocasionales o alimenticios.

Debía dinero a mi primo Alberto, debía dinero a Paco Domínguez, mi terapeuta… aún se lo debo.

La situación se hizo crítica y tuve que desarrollar nuevas capacidades personales y talentos dormidos. Volví a echar el tarot, después de años de tenerlo abandonado, encontré centros donde ejercer de tarotista y también donde dar clases de tarot terapeútico con excelentes resultados y cambios vitales en los participantes. Más tarde me hice Maestro en Lectura de Registros Akáshicos, comencé a dar y recibir cursos y formación en terapias alternativas, me convertí en Terapeuta Floral, regresé durante un año a la radio, trabajando para la Agencia para el Empleo del Ayuntamiento de Madrid y encontré vías, soluciones para ir tirando en una época en la que sobrevivir no está garantizado para nadie. Me hice más espiritual, más sabio, menos dependiente, menos apegado a lo material. Más auténtico y valiente.

Soy, por encima de todo, un superviviente.

A fecha de hoy mi situación fluctúa. A veces tengo dinero para vivir, a veces me falta. Pero eso no cambia mi estado interior de calma, que ha sido la mayor ganancia obtenida en éste tiempo.

El mundo podría derrumbarse, yo se que sobreviviré.

La gente, en general, vive más o menos tranquila con sus vidas asentadas, aferrados a parejas, trabajos, casas, situaciones fijas que les reportan seguridad.

¿Serían capaces de hacerlo en mi situación?

Y si mi vida ha sido complicada, deberíais ver las vidas de personas en países del Tercer Mundo y en Vías de Desarrollo… ellos si que pueden darnos una clase a todos sobre navegar frente a la adversidad.

Descubrir que no necesito tantas cosas para vivir cómodamente, recuperar valores perdidos en mi interior, aprender lo que de verdad importa, volverme más ahorrador, menos despilfarrador, aceptar que nunca jamás habrá seguridad suficiente en ninguna de las áreas de mi existencia. Saber que es un autoengaño pensar que algo es seguro y más engaño aún vender tu alma, tu existencia por un gramo de seguridad, a una empresa, a una pareja, a una situación insatisfactoria.

Muchas personas hipotecan su existencia para garantizarse la supervivencia económica… les cuesta

Con la edad he comprobado que el valor para cambiar de situación se pierde y los caminos se estrechan. Es mucho más fácil saltar al vacío siendo joven, con otra capacidad de recuperación, cuando el mundo lleno de oportunidades y hay más facilidad para encontrar pareja y trabajo, que con sesenta o setenta años y la vida hecha y ya encajada. Y sin embargo hay gente que se atreve a hacer grandes cambios incluso a esa edad.

Nunca es tarde para saltar.

Tengo cuarenta y ocho años, me suelen echar diez o doce menos. Pese a los cambios voy envejeciendo bien. Gente con diez, doce y quince años menos, está mucho más cascada que yo a su edad.

Sencillamente, ya no llegarán a los cuarenta y ocho en mi estado.

Y si alguien piensa que he perdido el miedo al cambio en todo este tiempo se equivoca….CADA VEZ TENGO MÁS MIEDO. PERO CADA VEZ TENGO TAMBIÉN MÁS CORAJE PARA SUPERARLO.

 De algo podemos estar seguros todos… nuestra vida va a cambiar. Unas veces lo provocaremos nosotros, otras el cambio vendrá de fuera. Será un cambio felíz o será traumático.

Nuestra vida puede derrumbarse en cualquier momento.

Abandonar la zona de seguridad, la cómoda zona en la que nos movemos a veces, se impone. Dejar de luchar y de aferrarse, dejar de buscar soluciones para no encajar nuestro estado emocional, también.

Y para ello solo puedo recomendar coraje, calma, fe… y un libro magistral que siempre me ha ayudado en éstos tránsitos, un libro compasivo, valiente, que no ofrece caramelos ni promesas, que acompaña mientras atravesamos momentos muy duros.

Se trata de Cuando todo se Derrumba, de la monja budista norteamericana Pema Chödrön.

 Pema Chodron

Que tengáis felices cambios.

Y que si no lo son, aprendáis de ellos y os hagan mucho más fuertes.

Desde VerDeVerdad, un saludo a todos los lectores y mi más sincero abrazo y solidaridad para los que sufren.

Entre todos Vamos a Cambiar el Mundo.

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